Un gallego en Argelès-sur-Mer


Al mismo tiempo que Inés Arrimadas escenificaba su patochada -robo el epíteto, por preciso, al amigo Enrique Clemente- en Waterloo, el presidente del Gobierno pedía perdón, en nombre de España, a los exiliados republicanos. Y lo hacía en Argelès-sur-Mer, una de las «playas de la muerte» del sur de Francia, donde ochenta años atrás se hacinaban miles de refugiados españoles. En improvisadas barracas o a la intemperie, golpeados y humillados por los fieros gendarmes senegaleses que custodiaban a los «cochons espagnoles», como recuerda con indignación don Manuel Azaña. «El Dante no vio nada», escribió al pie de uno de sus escalofriantes dibujos sobre los campos de concentración -Argelès, Saint Cyprien, Barcarès, Le Vernet...- el pintor Antonio Luna.

Muchos gallegos vivieron la infamia. Entre otros, Rafael Dieste, Lorenzo Varela o Carlos Velo. Fue precisamente el cineasta quien, en una noche del exilio mexicano, espoleado por el vino, le contó a Ricardo Garibay la «batalla de la mierda» desatada por el viento huracanado:

«El cielo todo estaba lleno de papeles que revoloteaban. Caían dondequiera los papeles. La pestilencia taladraba las narices. ¡Era nuestro culo! ¿Entiendes? Íbamos a zurrar a un lugar apartado y extenso, entre peñas. Y dejábamos allí los pedazos de papel. ¿Entiendes? Y el viento los había levantado y nos los devolvía. Llevábamos semanas y semanas esperando noticias por los llamados de auxilio, respuestas a la situación desesperada, y ahora llegaban, ciertamente, venían por el camino del cielo, era nuestra propia mierda reseca, ese era nuestro futuro. ¿Entiendes?».

Días después se produjo la reconciliación de Velo con el género humano. Dormitaban los desterrados a media tarde, «sin esperar nada de nada», cuando de repente se escuchó en la playa un altavoz. Abandonaron con desgana las barracas y allí estaban, en el centro del campo, Fernando y Susana Gamboa, los emisarios de la dignidad:

«Fernando hablaba por el magnavoz. ¿Y sabes qué estaba diciendo? Estaba diciendo: ‘¡Republicanos españoles!: Lázaro Cárdenas, presidente de México, en nombre de su gobierno y de todos los mexicanos, les anuncia: México está abierto para ustedes; es su casa, será su nueva patria. México abre los brazos para los hombres de la República Española...!’ Y hablaba de un barco que llegaría de un momento a otro, como llegó, y de libertad, de pan, de respeto, de futuro como cosa cierta, segura, ya en la mano».

Muchos conquistaron el futuro después de la ignominia. Combatieron de nuevo al fascismo en las trincheras de Europa. Liberaron París y desfilaron por los Campos Elíseos orgullosamente erguidos sobre carros de combate bautizados con nombres españoles. Fecundaron y crearon una colosal obra cultural en México, Argentina y otros países. Y abonaron, la mayoría, tierra extranjera. Ochenta años después, de la España transterrada apenas quedan supervivientes. Toda reparación, a estas alturas, solo puede ser simbólica. Pero también justa y emotiva.

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