Nuevas profesiones del vacío y la nada


Dijo Umberto Eco que las redes sociales han dado voz a todos los idiotas del mundo. Y se quedó corto. Hoy se vive la nueva internetocracia, en la que el sinsustancia de turno viraliza en las redes sus opiniones más necias y destructivas, logrando encima que miles de adeptos pinchen en «me gusta» y compartan su ego por puro postureo, sin siquiera cuestionarse más allá de las faltas ortográficas. Para ello han nacido una serie de seudoprofesiones que no requieren estudio, ni cultura alguna. Sólo un teléfono móvil, una conciencia humana que vive muchas veces casi por debajo de un nivel de mínimos, dando sentido a la existencia a base de narcisismo, aburrimiento, superficialidad y, sobre todas esas virtudes, gracias a la siempre invencible estupidez humana. Son las profesiones llamadas cosas tan raras como «tuitero/a», «bloguero/a», «youtuber», «influencer», «instagramer», «facebooker», «experto/a en redes sociales», «especialista en change.org», etcétera, y no se sorprenda nadie si dentro de poco salen algunas nuevas profesiones como «hasthager» y «reparador/a de orinales por impresoras 3D». Es decir, la conjura de los necios, narcisismo y vacío de todo y de algunos que en realidad no valen para nada.

Conocido es el dicho de que la mejor estrategia del diablo es hacer creer al hombre que no existe. Y un nuevo diablo digital y cibernético ha logrado todas esas cosas plenamente. Nos hace creer que nos comunicamos con facilidad e inmediatez, pero no es así, ya que sólo permite una comunicación jibarizada, muchas veces maligna, raramente benigna. Como un cáncer de rápido crecimiento, metastatiza todo órgano social al instante. Listo y casi invencible desde su anonimato y nuestra indefensión ante él, nos permite únicamente unas pocas palabras, las suficientes para poder verter al mundo la podredumbre del odio, la descalificación incontestable y toda la hipocresía y malevolencia imaginables, anónimamente, claro. Pero preguntémonos: ¿cómo se podría explicar y/o transmitir amor, compasión, empatía, generosidad, espíritu... en tan solo las pocas palabras que permiten 140 caracteres? ¡Totalmente imposible! La destructiva y maléfica inteligencia y perversa naturaleza de esta nueva entidad diabólica no lo permite. Este diablo inquisitorial, ahora llamado Twitter, tiene el poder de destrozar y hasta destruir por completo y al instante la vida de cualquier ser inocente a lo ancho y largo del planeta, según se le antoje elegir a uno u otro chivo expiatorio o cordero pascual que alimente sus vampirescas necesidades de sangre fresca. A rezar se ha dicho.

Sí, así son y están las cosas en las redes sociales y este decadente mundo. Ahí la turba campa a sus anchas, porque, además, cuentan con el anonimato y su impunidad. E. Fromm decía que en las guerras y en los momentos de peligro, como el actual, ese anonimato es un cáncer en el que todo funciona por control remoto, ya que no se tiene delante al grupo de personas a las que va dirigida una bomba inteligente. Es decir, las redes sociales permiten una proyección de la barbarie humana de un modo automático, sin apenas restricciones. Cuando un ataque emocional se activa en una red, dado que este funciona como si se tratara de una mina explosiva de afectos, mueve a miles de personas que no tienen nada mejor que hacer. Quien ha puesto en evidencia pública alguna opinión ingenua se convierte en la diana perfecta y chivo expiatorio para que la barbarie de la incivilización accidental se manifieste a todo trapo. Precisamente en este tipo de hechos comprobamos que en muchas situaciones el nivel de conciencia de los medios sociales sigue siendo el propio del fundamentalismo más primitivo y fanático. Estos espectáculos aterradores nos informan de la grave situación en la que nos encontramos. Porque si unos comentarios anodinos son capaces de levantar una violencia desmesurada, es una señal de que la situación anímica del ser humano tecnológico es ciertamente de temer. El problema es cultural, espiritual, intelectual, anímico, que es el del vacío pero inflado ego del hombre moderno.

Mark Zuckerberg y compañía han enseñado al resto el camino descendente hacia el infierno. Pero ellos nos precederán antes. No hay mal que por bien no venga. O al revés.

Por Salvador Harguindey Oncólogo y escritor

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