Mi modesta teoría sobre el éxito de las fake news o noticias falsas es que cuentan siempre con nuestra mala memoria, la cual, con demasiada frecuencia, nos impide dar respuestas con argumentos irrebatibles o contundentes. De alguna manera ya nos hemos resignado a convivir con esa marea de informaciones deformadas, de las que ni siquiera sabemos a qué huerto nos quieren llevar. Pero sí sabemos que detrás de ellas hay unos intereses, tal vez no todos bastardos, que a alguien le convienen mucho y en cuyo beneficio se elaboran y se difunden. Así es como nos las cuelan. Con esos propósitos.
Los conocimientos generales de Historia y la memoria que atesora cada ciudadano no deberían de plegarse con tanta facilidad al deslumbramiento novedoso de unas informaciones que apestan a ‘cuentos chinos’, a interesados inventos rusos o a rudas elaboraciones urdidas en los aledaños de Trump en la Casa Blanca. Por eso es tan importante ahora el buen periodismo, que nos defiende incluso de nuestra mala memoria y nos permite avanzar por senderos de realidad, aunque nunca estemos libres de desencaminarnos y caer en la tentación de darle nuestro crédito a hediondas mentiras.
No, no es fácil moverse en el mundo de intereses en el que lidiamos y en el cual colar noticias falsas es muy provechoso para quienes tienen la habilidad y la malicia de rentabilizarlas. En España contamos, además, con los que quieren recuperar el pasado o inventar el futuro, no a base de datos, sino de pasiones, partidismos o rencores. ¿Con qué fin? Con el de construir una nueva versión de todo, que no será la versión definitiva de nada, sino tan solo una explicación (o reinvención) rentable del pasado. Porque las fake news ya no atañen solo al presente, como sucedió al principio de su expansión periodística. Ahora son simplemente una parte genérica de nuestra mala memoria. Y por esa mala memoria nos convertimos en cómplices de su permanencia y de su desarrollo.
No hace mucho entronizamos a Trump como el mayor productor de fake news, por su descaro. Luego nos dimos cuenta de que los rusos no se quedaban atrás. Y ahora ya sabemos que la infección es universal… y que debemos tratarla como tal.