Ocurre que...


Ocurre a veces que la vida aumenta de intensidad; una intensidad mediada por las emociones, que son las únicas que tienen capacidad de graduación en el ámbito de lo psíquico.

El amor, el miedo, el asco, la angustia, la tristeza, la ira o la alegría son susceptibles de tener mayor o menor intensidad, pudiendo todas ellas alcanzar un nivel excesivo que las transforma en un problema.

El miedo patológicamente intenso se convierte en una fobia, la alegría desbordada en un estado maníaco, la tristeza profunda en un infierno, la ira en agresividad y la angustia en todo tipo de neurosis devastadoras.

Un bajo nivel de intensidad emocional tampoco es saludable porque amortece, cubre de gris y disminuye el volumen de la vida. Pensándolo bien, la única inversión rentable es invertir en emociones; a veces las buscas, las arriesgas, las deseas y las padeces, en otras ocasiones te asaltan a traición.

Hablaba hace unas semanas en este mismo tonel acerca de la pena del duelo, sus etapas y su manejo. Fue una infausta premonición. Ocurrió que este mes, iluminado por una fantasmagórica luna de nieve, ha sido cruel en intensidades emocionales para muchos amigos y ciudadanos que hemos sufrido la pérdida de dos singulares compañeros de generación: el arquitecto y artista Manel Franco Taboada y la doctora y gestora sanitaria Teresa Araguas Álvarez.

Ocurre que el guion de la vida lo sabemos, pero nunca pensamos que algún día nos tocará ser los protagonistas de los títulos de crédito de nuestra película generacional -al fin y al cabo la única verdaderamente nuestra-.

No alivia la intensidad de la tristeza ninguna necrológica ni panegírico alguno de las virtudes de ambos amigos, basta con haberlos conocido, querido y haber compartido con ellos momentos inolvidables. Ambos vivieron con intensidad y su pérdida nos ha provocado una pena de alto voltaje, junto a esa angustia por nosotros mismos que provoca imaginar la vida sin ellos.

Ocurre a veces que la vida recibe impactos que pulsan el botón nuclear del misil emocional y rompen nuestro equilibrio introduciéndonos en una película intensa, sea de amor, de recordar, de miedo, tristeza o todas juntas. La pérdida de un amigo es una de ellas. Sentimos su pérdida no como una pena, sino como una desgracia -la diferencia entre ambas es que unas ocurren a su debido tiempo y las otras no-; cuando un amigo se va no es que se muera algo en el alma, es que nos amputan algo que forma parte de nosotros y que guarda las claves de nuestra propia historia.

Estas faltas no hay que llorarlas, hay que cuidar su recuerdo y -en pluma de Quevedo- no olvidar el fuego y la pasión en los que ardíamos como ellos, para guardar la llama que sabe nadar el agua fría y plantarle cara a Ley severa... Serán cenizas, pero tendrán sentido para todos nosotros...Polvo serán, más polvo enamorado.

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