Quien necesita un relator es el Gobierno


La situación va a peor. Los términos utilizados por gran parte de la clase política para definir al Gobierno y a su presidente tienen tal gravedad que nunca se había escuchado nada parecido. Llamar traidor y felón a un presidente no tiene precedente. Tampoco lo tiene acusarlo de romper España.

Es el nivel más alto de crispación que hemos visto, y miren que hemos visto episodios memorables. Habrá que empezar a echar mano de la frase de Miquel Roca: «La crispación es la forma más soportable de la guerra». Pues en esas estamos. Personalmente me intriga el desenlace: si el mero anuncio de que se va a negociar el futuro de Cataluña con la Generalitat o en una mesa de partidos suscita tanta ira, ¿qué ocurrirá si el Gobierno hace alguna nueva concesión al independentismo? Ni con diálogo ni sin diálogo se encuentra una solución para el primer problema nacional.

¿Qué es lo que ha fallado aquí? La estrategia del Ejecutivo. La aceptación del relator la soltó Carmen Calvo como quien anuncia un decreto de ordenación de la producción de patatas. No hubo la menor sensibilidad para captar los efectos que tendría en la sociedad. Como se trataba de una reclamación independentista, se extendió la idea de una concesión al soberanismo. Como el gobierno anda escaso de apoyos para aprobar los Presupuestos, resultó creíble que se buscaba el respaldo catalán a cambio de jugar con la unidad nacional. Y como el CIS dice que la mayoría de los consultados no confían en Pedro Sánchez, toda desconfianza resultó posible.

Esto lleva a una primera conclusión fácil: si tiene que haber un relator, quien más lo necesita es Pedro Sánchez y su equipo. Intenta ese papel la señora Calvo, lo hizo el miércoles durante una hora, pero no funcionó. Cuando le preguntaron por García-Page, respondió que el presidente castellano-manchego no estaba informado. He ahí la clave: el Gobierno ha sido tan torpe y tan poco previsor, quizá tan prepotente, que ni siquiera intentó convencer a los suyos. Creyó que su palabra era suficiente, que sus decisiones merecen el aplauso y Carmen Calvo terminó confesando que no entendía el revuelo. Se agradece la confesión: nuestros gobernantes no tienen conciencia de la trascendencia de lo que tienen entre manos.

¿En qué se traduce todo esto? En que hasta ayer hubo una alarmante falta de liderazgo. Pedro Sánchez, a quien la ley atribuye la iniciativa política, optó por ponerse detrás de la cortina mientras el incendio se extendía por todo el salón y quemaba los muebles. Y sépase: cuando un Gobierno no sabe planificar la comunicación, no tiene conciencia de la importancia de sus pasos y demuestra que carece de guion, es un Gobierno que no está a la altura del desafío.

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