La complejidad del comerciante


Los gastos de un consumidor medio se pueden dividir en varios tipos. Unos son fijos (como la energía y la vivienda); otros son mayoritariamente rígidos (alimentación), aunque pueden ser elásticos (en función de las rentas); unos terceros tienen la característica de poder ser sustitutivos (vestir) o son inciertos (bienes de consumo); y, por último, los hay en función de las expectativas de futuro (ocio y turismo). A resultas de esta clasificación el comercio debe poder atender a cada una de las opciones. De ahí la complejidad del comerciante, como diría nuestro amigo Juan.

Debe estar atento a las variaciones, ya sean de orden externo (cadenas de suministros globales) como de rasgos nacionales (en función de la calidad de los proveedores). Debe escudriñar las tendencias y los cambios de hábitos, siempre fluctuantes. Y, en razón de las condiciones locales derivadas de las actuaciones municipales, tendrá que analizar las diferentes restricciones, limitaciones y factores de impulso.

El comerciante, en su nueva faceta, ha dejado de ser el único y personal suministrador de nuestros bienes; o sea, de satisfacer nuestra función de demanda. Se está convirtiendo en el eslabón más débil de la cadena. Actúa bajo una enorme presión; depende de un sistema no controlado por el mismo; y se le achaca una función escasamente útil en lo tocante a la distribución y a los servicios que presta. En la actualidad, se podría decir que se sitúa frente a dos fuertes competidores: las grandes superficies y las ventas on-line, que le limitan y le marginan, respectivamente; a lo que habría que añadir los nuevos medios de pago que le complican enormemente su gestión diaria. No cabe duda, pues, que sufre con las nuevas tecnologías; con los mayores flujos de información; y con los nuevos y cambiantes patrones de consumo.

Sin embargo, en Galicia el pequeño y mediano comercio ha sido el que superó y dio cobijo a los desempleados y al personal reconvertido de los sectores en crisis. Las actividades comerciales, a pesar de su baja productividad, mantuvieron el dinamismo económico gallego, evitando por lo tanto una falta de aprovisionamiento y una marginación de productos innovadores, contribuyendo a una permanente actualización de la oferta. Pero, sin duda alguna, una de las mayores aportaciones de las actividades comerciales fue la de haber contribuido a la fijación de la población, corrigiendo las tendencias hacia las dinámicas de despoblamiento de muchas áreas rurales y de mediana entidad.

No existe un patrón único de comportamiento, ni reglas universales en lo tocante a estrategias de futuro. La apuesta del comerciante es muy diversa. De una parte, hay un proceso de especialización, apoyada en la continua información; de otra parte, asistimos a una apuesta de diferenciación e inserción dentro de las cadenas de suministro globales. También, se apuntan apuestas por las actividades multioferta y asociadas a las fases de cada producto. Es decir, encontramos una amplia tipología de posibles actuaciones, casi siempre de carácter individual, ya que no resulta fácil localizar fuertes asociaciones en defensa de sus intereses o de lobbies organizados reclamando condiciones específicas.

De ahí la posibilidad de dotarse de un régimen especial por sus peculiaridades; que pudiera gozar de una cierta armonización, en lo referente a normas y procedimientos, en toda España y Europa; y que pudiera ser objeto de una atención más diáfana por parte de los poderes públicos. En suma, aunque estemos formulando una estrategia 4.0, también debemos sostener, defender y atender aquellas funciones de distribución más cercanas y personalizadas.

Por Fernando González Laxe Ex presidente de la Xunta de Galicia

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