Pedro Sánchez, como es natural, cumplió su palabra. Terminaron los días del ultimátum y reconoció a Juan Guaidó como presidente legítimo de la República de Venezuela. Lo hizo en un mensaje institucional claro, como le pedía la opinión pública y el ambiente internacional. Primera impresión: ya pueden tranquilizarse los líderes del PP y Ciudadanos, porque el régimen de Maduro ya está condenado por España y Sánchez no es un cómplice del régimen de Maduro.
Lo que hay que plantearse es si todo esto sirve para algo. Y tengo dudas. Sirve para aislar a Maduro en el ámbito internacional, para deteriorar su imagen y para que aumente la impresión de que Maduro es un indeseable. Pero no sabemos cuáles son los efectos en la sociedad venezolana. Estamos viendo deserciones del bando madurista, pero todavía son pocos y poco relevantes. Se pueden contar con los dedos de una mano. A la hora de convocar a sus fieles el dictador encuentra seguidores para llenar una gran manifestación, comparable a la organizada por Guaidó, lo cual permite adivinar un país partido en dos. Y aún no hay indicios de que las Fuerzas Armadas estén dispuestas a retirar su apoyo al sátrapa.
Nicolás Maduro concedió una entrevista a Jordi Évole, la segunda en año y medio, y no dejó ver grandes síntomas de debilidad. Al revés: mostró su rostro más inmovilista y su talante más agresivo. Es inconcebible que un jefe de Estado que busca la paz para su pueblo no descarte una guerra civil por su tozudez. Sueña con una defensa que no esté encomendada solo a los ejércitos, sino a 50.000 grupos organizados, que él llama «unidades populares de combate», entrenadas en técnicas militares y con acceso al armamento de las Fuerzas Armadas. Es, según él, el pueblo armado contra el enemigo, que no es el enemigo de Venezuela, sino suyo y de su régimen. Y entiende que, si acepta algunas de las condiciones que se le imponen desde el exterior, como la convocatoria de elecciones presidenciales, será una rendición.
¿Qué se puede esperar de un gobernante así que, encima, se envuelve en la Constitución de su país? Desde luego, no una solución pacífica, ni mucho menos una solución dialogada. Es su sinrazón contra la razón del mundo. Si Estados Unidos o España quieren recuperar la democracia para Venezuela, tienen que ir pensando en medidas más drásticas, pero que no supongan una intervención militar. Las unidades populares de combate, si realmente existen por todo el país, son una invitación a la resistencia, pero también a eso que teme el papa y tantos analistas: un baño de sangre. Y lo terrible es que Maduro está dispuesto a ello. Todo, para defenderse a sí mismo. Todo, porque ceder sería una rendición. Típicamente dictatorial.