No es un guiño al viejo himno comunista, La Internacional, es la constatación de que un ejercito civil de excluidos, de personas en paro laboral y sin recursos acuden cada día a buscar el sustento preciso a comedores sociales, a las diferentes cocinas económicas de las ciudades gallegas, a Cáritas, a la institución Padre Rubinos o a las numerosas entidades de carácter social que existen en las ciudades y en los pueblos de Galicia. Antes de la crisis económica del 2007, durante la crisis y después de la crisis, en el mismo corazón de una sociedad del bienestar, satisfecha de si misma, la sociedad de la abundancia y los supermercados, con un Estado protector, ha desterrado a la pobreza a miles de ciudadanos, expulsados de la apacible clase media, desprovistos de recursos, desalojados de su lugar de trabajo, habitantes de un paro sin horizontes.
Son generalmente personas de más de cincuenta años, con la desesperación como única salida.
Este diario cifraba el pasado domingo en 3.000 los usuarios de los comedores sociales en Galicia. La mayoría, alrededor de un 80 %, eran gallegos, y como dato estremecedor apuntaba que solo en la institución Padre Rubinos se sirvieron el pasado año 130.000 servicios de comida.
Son los nuevos pobres, la famélica legión. La protección publica facilita en algunos casos, los menos, una pequeña ayuda que permite pagar una habitación, y en el mejor de los casos un piso. No existe salida para muchos de ellos, y lo más preocupante es que los casos extremos, muchos homeless, son irrecuperables. La calle, dormir bajo un puente o junto a un cajero de banco, creó una falsa mística del vagabundeo que alteró su comportamiento. La mayoría ya son irrecuperables.
La sociedad española es cada vez mas dual, los ricos son cada día mas ricos y los pobres, que están creciendo desmesuradamente, son cada día mas pobres y por supuesto mas numerosos. Son, y hoy más que nunca, la famélica legión del encabezamiento.
La solidaridad familiar, la inmensa generosidad de los abuelos, la sólida estructura familiar gallega, palió muchos casos que podían haber resultado dramáticos, como dramática resulta la condena a la soledad de miles de ancianos que, casi al límite, conviven con una austeridad que roza con la miseria. Habitantes del silencio en la Galicia rural de aldeas perdidas en donde son los últimos pobladores.
El pobre de pedir, la figura cuasi romántica de mendigo trashumante de ferias y romerías, los ciegos que cantaban espantosos crímenes acompañados de lastimeras notas de violín, ya no existen. Son solo un recuerdo en el cajón de la nostalgia.
Los pobres somos todos, los que miramos para otro lado, los ‘desterrado hijos de Eva’ que ya no creemos las promesas de la política y los políticos, somos pobres porque nos creemos ricos, porque nos dejamos engañar por la publicidad de paraísos en cómodos plazos, porque nos molesta convivir en nuestro barrio o en nuestro pueblo con los que son mas pobres que nosotros. Ellos son, nuestros vecinos, la famélica legión.