La quiebra de la razón


Lo imagino en su torre, distante del ruido, redactando sus ensayos como venablos de lucidez lanzados al tiempo. Por eso lo que escribió perdura, perenne, y no se va como se han ido las modas y tendencias y obras maestras que duran lo que dura su impacto. Hablo de Montaigne, el sabio. Me refugio en él a menudo. Es un antídoto contra la estupidez. Y contra la irracionalidad, esa plaga que amenaza con destruir todo lo que Occidente ha sido capaz de edificar a lo largo de veinticinco siglos. Podría repasar la historia del pensamiento y de la sociedad occidental, pero imprecaría la inteligencia de los lectores. Por lo tanto obvio la diacronía, de Aristóteles a la Ilustración, y me centro en el presente: un páramo en lo político y, fundamentalmente, un disparate en lo intelectual. Si para Valle Inclán el esperpento era una infame deidad, para estos tiempos es el desatino: la ausencia de racionalidad. Me explico.

Desde que se considera presos políticos a unos políticos presos, la razón no existe. Desde que las gentes cultivadas cuestionan la discrepancia y no toleran el pensamiento del otro y convierten el insulto en paradigma de intervención dialéctica, la razón no existe. Desde que todas las opiniones -incluso las más ridículas- parecen ser ‘respetables’, la razón no existe. La pregunta que me hago es por qué hemos llegado hasta aquí. Y siempre respondo: el relativismo, el todo vale, la ambigüedad. Lo hemos utilizado en nuestra contra. Hemos construido el estado del bienestar y jamás lo hemos puesto en valor. Hemos otorgado todos los derechos y nos hemos desprendido de nuestras obligaciones. La grandeza de espíritu la hemos censurado elevando el hedonismo, superficial siempre, como único principio vital. Nuestra religión (tres cuartas partes de los españoles se declaran católicos) la despreciamos y practicamos un laicismo pueril que todo lo controla. Como el Estado, que se mete en nuestras vidas privadas para ordenarlas también. Y puedo seguir. Los más audaces y arriesgados, incluso los bocazas, son seguidos por miles de fanáticos. Algunos jerarcas de gobiernos ejercen de hooligans y no están a la altura da la magistratura que representan. Hemos hecho del dinero y del éxito social los únicos valores. La ambición es más valorada que la prudencia, la vulgaridad más que la sabiduría. La televisión más seguida es vomitiva, cinco veces vomitiva. El odio lo escupen las redes sociales como bocas de dragón. Punto.

Toca terminar la columna tan desencantado como la comencé. Quizá no tengamos remedio. A mí me queda Montaigne. Página 1.209 del volumen de sus ensayos editado por Acantilado: «El valor del alma no radica en ascender sino en avanzar con orden». El orden y la razón han sido los grandes arquitectos de la época de mayores bondades de Occidente: la nuestra. Mucho me temo que, aun sin quererlo, la estamos destruyendo.

? El orden y la razón han sido los grandes arquitectos de la época de mayores bondades de Occidente: la nuestra. Me temo que, aun sin quererlo, la estamos destruyendo.

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