Un crimen es un crimen y quizás sea un sinsentido hacer gradaciones, porque es imposible imaginar mayor violencia que arrebatar la vida a alguien. Pero siempre hay matices que acentúan el dolor. Laura había dejado a los suyos para dar sus primeros pasos en lo que habría de ser una larga carrera profesional a cientos de kilómetros de su origen. Era la celebración misma de la vida. Y su desaparición no es un asesinato, es la manifestación misma de la maldad. Porque hay crímenes que trascienden a la víctima. Es la muerte de la libertad, de la esperanza, de todo aquello que nos hace humanos. Y es, como desgraciadamente tantos otros, un atentado contra todas las mujeres. Porque al matar a una por el hecho de serlo amenazan a todas. Porque, aunque a los hombres también nos duela, las víctimas son ellas. Y ellas tienen el derecho de sentirse libres en cualquier lugar y condición, y nosotros, todos, tenemos el deber de hacer que así sea. La maldad es una hidra de mil cabezas y cortarlas todas es difícil y lleva tiempo. Conviene empezar por el tronco común, por cortar el machismo y la cultura de dominación. Esa conciencia difusa que alimenta el mal. Pero como el voluntarismo nunca es suficiente para combatir las mil formas de la malignidad, se hace urgente disponer de cuantas herramientas policiales y penales sean necesarias para intentar evitar el próximo crimen. Porque cada mujer muerta es otro triunfo del mal y un nuevo jirón en nuestras conciencias. En las de todos.

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La maldad