Si algún mérito hay que reconocerles a los promotores de la revolución de los señoritos de Cataluña, es el de la internacionalización del conflicto. Hoy prácticamente todo el mundo sabe de sus sueños. Por eso, y porque no son torpes a la hora de plantear sus tácticas, como el tiempo nos viene demostrando, resulta sorprendente la estrategia diseñada ante el Consejo de Ministros del viernes en Barcelona, que se puede revolver en su contra. Porque los planes de ANC y Òmnium, pactado y avalado por los partidos independentistas de que las protestas sean masivas, festivas y nada violentas, pueden irse al traste con facilidad. Quizás han ido demasiado lejos y la jugada se les presenta tremendamente imprudente y temeraria, sabiendo que las miradas del mundo van a estar dirigidas a lo que acontezca en Barcelona ese día. Porque, si como buscan los más radicales, jaleados por Torra y Puchi, logran colapsar la ciudad y dificultar el Consejo, el mensaje transmitido es el de una incapacidad manifiesta para garantizar el cumplimiento de la ley. Tanto por parte del Govern, como de los Mossos que se rebelarán como incapaces de defender el orden. Pero si los Mossos actúan con contundencia, por órdenes superiores, cosa poco probable, tampoco les beneficiarían las fotos de la «represión policial», idéntica a la que ellos mismos denunciaron el 1-0.
Por eso, en una política de estrategias de cara a la internacionalización del conflicto, esta decisión se antoja demasiado arriesgada. Quizás tanto Torra como el bachiller Puchi se lanzaron a azuzar a los radicales a un boicot agresivo y los mossos independentistas dijeron protegerlos, sin valorar los peligros de la propuesta. Porque a nada que la tensión se torne en barullo, el mundo sabrá que el movimiento de la revolución de los señoritos es violento y que no están por ningún diálogo ni mucho menos por la negociación.