Willy Sánchez y las elecciones

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

El mar muerto de los domingos da mucho de sí. El domingo pasado podíamos leer con atención en La Voz un trabajo de mis compañeros Fran Balado y Laura Placer sobre las tres vueltas al mundo que lleva Pedro Sánchez desde que es el inquilino de Moncloa, tras su asonada democrática en el bingo del Congreso de los Diputados. Una hazaña de escasos precedentes, desde aquel fatídico 2 de junio de su toma de posesión. Poco a poco ha ido creciendo el eco crítico a esta gira interminable de esa rock star que es Willy Sánchez, que no tiene nada que envidiarle ni a Willy Fogg ni a Bob Dylan, que lleva toda su vida sin bajarse del escenario. Ni Pablo Iglesias, que está viviendo su peor momento, podría imaginarse que cuando ayudó a Sánchez a okupar Moncloa le estaba regalando un bono de billetes de avión para desplazarse por todo el mundo. Igual les dio al patriota Iglesias y a su premiado Sánchez que esos viajes precisasen del voto de secesionistas y de Bildu para el cambalache total en el que sobrevivimos mientras Willy Sánchez nos sobrevuela a todos, nunca mejor dicho. 140.000 kilómetros de vuelos, con Marrakech y Bruselas como escalas más recientes. Al dirigente español con la mayoría más escasa e inestable, que hizo el ridículo con aquellas fotos de hortera en el Falcon de Presidencia, con gafas de sol y asesor de pega, a lo George Clooney de baratillo, le resbala todo. No hace ni caso ni a su padrino de boda monclovita, Iglesias, quien ha pasado al ataque y también afea este éxodo permanente de Sánchez. Esta oca sin retorno que todavía incluirá de aquí a fin de año países tan fascinantes como Islandia. A veces va acompañado de primera dama. A veces, no. Lo único que no se desprende de Sánchez es la inmensa felicidad que le causa ser presidente. Creo que esta sed por fotografiarse en Nueva York y en Antigua, en Katowice o en La Habana, qué más da el motivo del desplazamiento, demuestra que Willy Sánchez no anticipará las elecciones. Mintió cuando dijo que iba a ser una presidencia casual para declarar juego revuelto, que así está España, y llamar a urnas. Ha llegado a Moncloa y solo él puede firmar el decreto electoral. Y esa firma le costará sangre, la suya, y lo retrasará lo máximo posible. No saben Iglesias y los demás el juguete que le han regalado a este presidente, que lo primero que hizo al llegar al palacio fue reactivar el helipuerto para ir en helicóptero a Torrejón de Ardoz. El subidón que le da cuando despega es la prueba definitiva de que de las nubes no lo bajan ni los Presupuestos, ni Iglesias, ni poner en peligro la integridad del Estado con el incendio de Cataluña. Mirando desde tan arriba sucede que uno no se da cuenta de lo bajo que puede haber caído.