¿Qué le pasa a Macron?

Xosé Luis Barreiro Rivas
Xosé Luis Barreiro Rivas A TORRE VIXÍA

OPINIÓN

10 dic 2018 . Actualizado a las 08:18 h.

El 8 de mayo de 2017, para comentar la victoria de Macron en las presidenciales del día anterior, escribí: «La victoria de Macron es un éxito personal indiscutible, y, al menos a corto plazo, representa un alivio para Francia y una ilusión para todos los europeístas. Pero los males que afectan a la política francesa -indignación, desafección al sistema, fragmentación, populismo y añoranza de un soberanismo arcaico e inviable- siguen igual que estaban, sin que los ciudadanos tengan claras alternativas y sin que haya partidos y líderes capaces de generar consensos razonables y eficientes». 

El diagnóstico resultó ser profético, y su clave politológica está en la frase «sin que haya partidos y líderes capaces de generar consensos razonables y eficientes». Macron, que es un político hábil, valiente y con un gran sentido de la oportunidad, se encaramó a la presidencia de Francia usando como trampolín la crisis de los partidos, generando una opción electoral a base de retales extraídos del derrumbe de Hollande, y surfeando con elegancia sobre la segunda vuelta electoral. Un éxito provisional que aquel mismo día expliqué así: «Lejos de apuntar a la abstracta obligación de pactar que hemos entronizado en España, y que remite a los partidos políticos la responsabilidad de todos los desaguisados electorales, el sistema francés fuerza un auténtico pacto de electores, que aumenta la legitimidad de los consensos y evita que toda la clase política asuma el desgaste de obviar las deficiencias de gobernabilidad establecidas por los electores».

Pero aquello, que tenía las trazas de una genial operación de salvamento -liberal, europeísta y sistémica-, tenía como condición que el nuevo presidente crease su partido, y se reconvirtiese al sistema, en el menor tiempo posible. Y Macron era consciente de ello. Pero una vez subido al pedestal, y embarcado en las glorias del personalismo y la genialidad carismática, el joven presidente de Francia olvidó -en palabras de Castelao-, que «as gaivotas non voan polo burro». Y emprendió su cruzada mundial de modernizarlo todo -la UE, el comercio internacional, Francia, la OTAN, las migraciones y el sistema- mientras pronunciaba la frase ritual -¡dejadme solo!- con la que comienza el derrumbe de los ídolos con pies de barro.

Y así está Francia, igual que todos. Empantanada en la indignación antisistema, en la carencia de interlocutores sociales a los que la propia crisis del sistema dejó en cueros, y al albur de un pueblo nostálgico que, olvidando que el buen gobierno y la paz política dependen mucho más del ajuste del sistema que de salvadores rupturistas y utópicos -¡quién lo iba a decir de la patria de Sieyès, Montesquieu y Tocqueville!-, está urdiendo una respuesta a la crisis que, en busca de la grandeur, genera Gobiernos débiles e inconsistentes, que, incapacitados para las grandes reformas, solo podrán capear la indignación a base de populismo y demagogia. Y para eso, me temo, nadie mejor que Le Pen.