La lección olvidada del 78


La invasión rusa de Crimea dejó una lección para la historia. Por primera vez ningún mandatario de ningún país, por poderoso que fuera, ni siquiera Putin, Obama o Xi Jinping, ni mucho menos los tecnócratas europeos, fueron capaces de salirse totalmente con la suya. El efecto mariposa, ya saben, el aleteo de una mariposa en Brasil acaba provocando un tornado en Texas, es hoy más evidente que nunca y se llama globalización. Una gran potencia ya no puede sancionar a otra sin autoinfligirse algún rasguño. Por mucho que lo intente, Trump ya no puede proteger el sector de la automoción estadounidense sin herir de muerte a los productores de langosta de Maine. Pero precisamente Trump, los brexiters, Bolsonaro y Puigdemont están demostrando que la globalización no solo es económica, sino también un intercambio infinito y en tiempo real de ideas, bulos, anhelos, pataletas y odios.

De ese gran cambio global, que va a ser así para siempre, porque cambiar va a consistir en seguir cambiando, nos estamos fijando sobre todo en los aspectos negativos. El auge de los populismos, el retroceso de conquistas sociales que considerábamos irrenunciables, el aumento de las desigualdades, la destrucción de la clase media, motor de las sociedades mejor organizadas del planeta, quizás el fin de las democracias participativas como las conocemos…

Si fuera tan fácil como simplificarlo todo a dos locomotoras antagónicas que transitan por la misma vía en sentido contrario, cabría concluir que hay un mundo luminoso que quiere avanzar al trepidante ritmo que permiten los cambios científicos, que desea acabar de conquistar los derechos sociales para que una gran parte de la población mundial no siga al margen de la fiesta, y enfrente un mundo oscuro que se resiste, y que de momento parece ir ganando la partida. No creo, en cambio, que haya más machistas, más xenófobos, ni más homófobos que hace diez años, pese a Trump, Bolsonaro o Vox. Al contrario, son menos, sienten su zona de confort amenazada y cuentan con nueva maquinaria para expresarse. Avisperos de velutinas que escuchan el ruido de la desbrozadora y salen como un ejército organizado a aniquilar al agresor.

En España, como ha ocurrido casi siempre, hemos dejado pasar una gran oportunidad. La resaca de la crisis podría haber servido para aprender de los errores, diseñar un proyecto de país acorde con el privilegiado lugar que ocupamos en el mundo, hacer borrón y cuenta nueva, continuar con el gran cambio social que se inició en los años ochenta y darle esperanza a los jóvenes, los más golpeados y desesperanzados por lo ocurrido en los últimos diez años. Para ello se dio el caldo de cultivo, las protestas del 15M, y surgieron los instrumentos que podrían haberlo conseguido. Pero la denominada nueva política ha resultado ser más arcaica que lo que había. Cuestionando el régimen del 78 y dejando una vez más la idea de España en manos de la derecha de toda la vida, Pablo Iglesias y compañía han demostrado que es más fácil predicar que dar trigo. De la hornada de Pedro Sánchez, Pablo Casado y Albert Rivera, Iglesias se ha convertido en el más veterano en el tablero nacional, lo que no deja de ser irónico.

Pero el new normal es la velocidad en los ascensos y en los descensos. No hay mal que cien años dure y menos en la era de los políticos en estado gaseoso. Quizás llegue por fin alguno que no mire con desprecio, ignorancia o papanatismo hacia ese 78 que movió la rueda de la historia en España, alguien que tenga memoria para recordar esa lección aprendida en la Transición y utilice ese pasado como palanca para avanzar y no como asidero para agarrarse a la poltrona.

Por Tomás García Morán Lejano Oeste

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