A quién le importa la educación

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

Ustedes, políticos de variadas siglas, han fracasado estrepitosamente. Ustedes, que han convertido el asunto más importante de un país en una pelea de gallos: pasarela de soberbias y altanería y fatuidad. Ustedes, que han dirigido el país de la Unión Europea que en pocas décadas ha acumulado un mayor número de leyes o reformas educativas. ¿Ustedes, en verdad, no sienten vergüenza? Les puedo asegurar que la mayor parte de las personas relacionadas con la educación sí la sentimos: cada Gobierno, nueva ley educativa. Un bochorno. Exhiben sus pírricas victorias como si estuviesen compitiendo en un circo romano donde el que resiste a las lanzas del oponente, o a los leones, es el vencedor. A la mínima oportunidad presumen de todo lo conseguido, del abandono al fracaso escolar, y en realidad no son ustedes los que hacen posibles las cifras de éxito. La educación funciona pese a ustedes, sépanlo. Su papel a lo largo de estos años de democracia ha sido lamentable. Y no escarmientan. ¿Servicio público el suyo? Mentira. Ustedes están al servicio de su propia egolatría, engreimiento y suficiencia. No voy a citar el número de leyes de educación que hemos padecido. Me causa pudor escribirlo. Pero sí puedo constatar que la educación en los últimos años ha conseguido lo que no debe pretender: enojar e incomodar a los docentes. Se sienten vapuleados por sus leyes fulleras. Cuando gobiernan estos, los otros se preparan para cambiarlo todo cuando toquen poder. Y viceversa. Han sido incapaces de consensuar, acordar, acercarse. Y así no podemos seguir. Basta. Negocien con seriedad y rigor, pues para eso cobran mucho más dinero que cualquier docente. Y, por favor, señora Celaá y señor Sánchez, aparquen su arrogancia. ¿Cómo se atreven, con ochenta y cuatro diputados, a cambiar lo más importante de este país, su educación? ¿Dónde termina su petulancia y temeridad? Reflexionen. Piensen, sin dogmas ni doctrinas, en la educación. La ciudadanía no se merece esto: se ha dilapidado el mérito y la valía, las capacidades y el talento; el que no estudia tiene el mismo valor que el diligente, pues eso es lo que trasluce que no se repitan cursos o que se pueda aprobar el bachillerato con una asignatura suspensa; las jerarquías y la disciplina también pretenden hacerlas desaparecer con su laxitud, flexibilidad y desidia en referencia al esfuerzo; la excelencia la han olvidado; en las universidades dan clase los doctos y, con facultades por doquier, también algún zopenco; se quieren saltar la enseñanza concertada ocultando a la ciudadanía que gracias a la concertada, a los millones que nos ahorra, el sistema es viable; han hecho de la religión y de la gente religiosa sus enemigos... Y todo con ochenta y cuatro diputados.

A quién le importa la educación, pregunto. A ustedes, no.