Aparte del sexo duro y la contagiosa violencia en televisión, que ya de por sí apestan y están llenos de sombras, de Grey o no, hay algo aún de mucho peor gusto y consecuencias más malignas: la peligrosa epidemia de ciertos programas basura que tienen como finalidad el incrementar lo más posible el nivel de incultura, hipocresía y estupidez, así como los aspectos más embrutecidos, bajos y rastreros del ser humano y así de toda la sociedad. Son esos programas hechos por y para bebedores de sangre ajena, generalmente presentados por draculescas y depredadoras ratas de cloaca y dirigidos a los aspectos más bajos de un ya diseminado cretinismo endémico-social, lo que al menos aumenta los todopoderosos índices de audiencia de un hombre-un voto. Parece impensable que algún sabio e inteligente político del ministerio de incultura se atrevería a proponer una censura cultural -ojo, no política-, en una campaña electoral. Su partido perdería todas las elecciones, tal vez por aquello que dijera Einstein de que «una mayoría de estúpidos está garantizada para siempre ya que la estupidez humanas es tan infinita como el Universo». Pensamiento gemelo de la frase del ácrata Henrik Ibsen: «La mayoría no tiene razón nunca. La minoría casi siempre tiene razón. El individuo siempre la tiene». Por algo los pocos seres éticamente superiores y tan insobornables como su «enemigo del pueblo» siempre serán una absoluta minoría, aunque conformen ese pequeño ejército cultural y espiritual de pacíficos enemigos de la mayoritaria deshonestidad y mediocridad, pesadez y narcisismo de una innecesaria y mayormente dañina política profesional. Sobre todo aturde y escandaliza la tercermundista inmunidad legal con la que en este país pululan a su aire las viperinas lenguas de algunos/as presentadores/as de ciertos programas de TV y sus tantas veces mamarrachos/as y superhorteras invitados y participantes disfrazados de seres humanos. Oscuras almas ascendidas desde las miserias subterráneas del Hades hacia esa baratija de un famoseo de inculta vulgaridad con la misión de alimentarse de los carroñeros restos de una sociedad cada vez más subhumana, corrupta y decadente. Conspiración liderada por el poderoso caballero de aquellos cuya misión vital y mortal es infringir todo derecho a la intimidad y a la vida privada, al mismo tiempo que se vilipendia y denigra gratuitamente a todo tipo de personas con la inestimable ayuda de ese cáncer metastásico de nuevo cuño que son las llamadas redes sociales, un nuevo paraíso para idiotas y narcisistas, y no solo según Umberto Eco. Como vergonzoso es que una persona no tenga derecho a mandar al dentista a un/una impertinente periodista que le persigue insistentemente y acosa por la vía pública.
Tal vez se deba soñar con un Ministerio de Cultura que prohíba todo programa de telebasura como delito contra el bien común y la dignidad humana. Ello sería un paso fundamental para comenzar a ganar la guerra contra el peor de los venenos y enfermedades de la humanidad: la todopoderosa estupidez. La cual es la principal causa de todos las demás desgracias que acechan al ser humano, incluidos el mal, la infelicidad, la codicia, el egoísmo, el miedo y la ira. Al menos eso es lo que dijo, literalmente, el mismísimo Buda.