¿Por qué odian tanto a Borrell?


En los análisis que ayer se prodigaron sobre el rifirrafe entre Borrell y Rufián se destacaban aspectos de los que es difícil discrepar: la zafiedad insolente de Rufián, que no distingue la dureza parlamentaria de la grosería y la mala educación; la creciente agresividad política e ideológica de los nacionalistas contra quienes no lo son; o el deterioro general de la vida política española, dominada por una violencia dialéctica que, desconocida hasta la fecha, ha entrado en las instituciones de la mano de esa presunta nueva política que nos devuelve, en realidad, a un pasado más viejo que la pana: al período de entreguerras, cuando los adversarios políticos se consideraban encarnizados enemigos.

Hay un aspecto del burdo ataque de Rufián contra Borrell -pues de eso y no de otra cosa se trató- que ha pasado, sin embargo, curiosamente desapercibido: el agitador-actor republicano acusó literalmente a Borrell de ser «una vergüenza para su grupo parlamentario». Y ahí, en esa frase, reside la explicación de la inquina contra Borrell no solo de Rufián y de ERC, sino de todos los defensores del golpe de Estado secesionista en Cataluña. Entre ellos el diputado Jordi Salvador, igualmente de ERC, quien, cuando abandonaba la cámara en protesta por la justa expulsión de Rufián del hemiciclo, ¡escupió al ministro de Asuntos Exteriores!

¿Por qué esa obsesión con Borrell? ¿Por qué lo consideran los secesionistas «una vergüenza para su grupo parlamentario»? Pues porque Borrell, aunque haya tenido que hacer en no pocas ocasiones complicados equilibrios entre su cargo y su conciencia desde que aceptó entrar en un Ejecutivo donde debe sentirse cada vez más incómodo y más solo, es el único miembro del Gobierno que se ha resistido a entregarse, mediante el silencio o la complicidad, a los secesionistas que Sánchez necesita para todo desde que decidió convertirse en presidente con 84 diputados y mediante una moción de censura apoyada por los partidos que organizaron la insurrección en Cataluña.

En un Gobierno que ha aceptado vender su alma al diablo para seguir en el poder, lo que exige constantemente a Sánchez tomar decisiones vergonzosas y hacer o dejar de hacer cosas que pondrían colorado a cualquier dirigente del PSOE anterior al período que se inauguró con Zapatero, Borrell ha sido la excepción, el pepito grillo, según los secesionistas, que ha desafinado en una sinfonía que el Consejo de Ministros interpreta, incomprensiblemente, bajo la batuta de políticos encarcelados o fugados de la acción de la justicia.

Borrell es en realidad el último mohicano del Gobierno socialista. El único que, contradictorio a veces, siempre incómodo, ha tratado de mantener en alto la bandera de la crítica al secesionismo que sus compañeros han arriado ignominiosamente siguiendo las instrucciones de un Sánchez que no piensa mas que en él, en sus aviones y en sus viajes.

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