Tiempos de escupitajos


Puede degradarse más aún la imagen de nuestros políticos? La respuesta nos la dieron ayer en el Congreso de los Diputados, donde Gabriel Rufián fue expulsado por sus exabruptos contra Borrell y donde su compañero en ERC Jordi Salvador escupió (él lo niega) al ministro de Exteriores.  

Lo cierto es que con ser importante si el hecho se produjo o no se produjo, la verosimilitud del mismo es lo realmente relevante. Nos creemos que tal cosa sea cierta porque entre unos y otros están convirtiendo la política española en un gran escupitajo. Especialmente elementos como Gabriel Rufián, quien no pierde ocasión de montar un escándalo ni de llamar fascista al primer diputado español que se le ponga por delante. Rufián escupe a diario, bien en el hemiciclo, bien en Twitter, veneno de cutre calibre que, sin embargo, siempre consigue una notoriedad y resonancia inversamente proporcional al calado intelectual de sus palabras.

Quizá habría que hacer cierta autocrítica y pensar que haber convertido a alguien tan flojo como Rufián en una especie de azote de la democracia española y una referencia del independentismo catalán es un poco culpa de todos. Porque una cosa es que sus seguidores le jaleen y otra muy diferente es que sus adversarios den sentido a sus espumarajos entrándole al trapo. ¿Qué discurso tendría este hombre si le elimináramos de su vocabulario la palabra fascismo?

Pero el margen del show de los políticos de ERC, hay que reconocer que no se le puede echar la culpa de todo lo que sucede en este país a los independentistas, que en las filas constitucionalistas tenemos buenos ejemplos del emponzoñamiento del Congreso. Y que la llamada desesperada al orden a sus señorías de ayer de Ana Pastor no es más que el resultado de la progresiva degradación del parlamentarismo en España.

Una de las claves es la obvia pérdida de valores como el respeto al discrepante y el mal momento que atraviesa en nuestro país la buena educación. Pero la otra clave también se las trae. No hay nivel intelectual. Cierto que hay honrosas excepciones, como es el caso del propio Borrell, pero la suya es una voz clamando en el desierto. Ya no hay discursos brillantes, llenos de matices, con grises, claros y oscuros. No hay quien te ponga la piel de gallina, ni te emocione, ni te haga pensar. La crispación es el resultado al que nos llevan aquellos incapaces de hilar con palabras mensajes que nos hagan reflexionar y nos ayuden a ser mejores. Mejor insultar que dar una buena explicación del por qué de las cosas.

Y no nos olvidemos del Parlamento gallego. Ayer, Ana Pontón instó a Feijoo a demostrar que «no forma parte de una Manada». Una salida de tono de la líder nacionalista, que sin duda tiene más nivel que el que ayer demostró.

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