El plante del juez Manuel Marchena, que lleva consigo la renuncia a presidir el Consejo General del Poder Judicial y el Supremo, ha pillado a los del PP mandándose wasaps en los que se jacta de tenerlo todo controlado «desde detrás» y a los del PSOE celebrando lo bien que saben negociar para repartirse los cargos judiciales. Y ahora, los dos partidos se han enzarzado ya en una disputa sobre quien es más honesto. Lo clásico.
La renuncia del juez Marchena es uno de los acontecimientos de mayor gravedad ocurridos en la judicatura española. Y bien analizado confirma la necesidad de hacer un plante para frenar los cambalaches de la clase política para con sus señorías. Sabemos que no son los méritos ni las trayectorias lo que se prima, sino la obediencia y hasta la militancia. Si ya chirría eso de que pertenecen a una asociación que se considera progresista o conservadora, más lo hace el saber que con anterioridad cobraron de fundaciones de partidos o que llevaron la representación de estos. Y mayor descaro es aún que se filtre el nombre del pactado por populares y socialistas, sin que se conozcan los vocales que deberían de elegirlo.
Los jueces tienen ante sí una labor que les debe de preocupar tanto como nos preocupa a los ciudadanos y a la que nuestros señoritos, por lo visto, no conceden mayor importancia. Es la de rescatar la credibilidad, la confianza y el buen nombre de la Justicia. La de volver a hacer de ella uno de los pilares de nuestra democracia. La de lograr despegarla de las diferentes siglas políticas y hacer real y creíble lo de su independencia.
El primer paso, valiente, lo dio ayer el juez Manuel Marchena. Solo falta que el resto de los profesionales se planten a componendas y pactos interesados. Solo así lograremos situar la Justicia en el lugar que le corresponde. Y dejar a los otros que se entretengan mandándose wasaps y felicitándose por lo bien que lo están haciendo y lo listos que son alcanzando acuerdos obscenos.