Escribo después de visitar el cementerio de mi pueblo, donde reposan mis padres. Desde la Altamira, ese es su bello nombre, se ve la mar en donde se remansa el Cantábrico. Vengo de estar en la ciudad de los muertos, de escuchar su silencio en vísperas de la cita piadosa, del rito anual del día de los difuntos, que es cuando se engalanan los camposantos. Existe una geografía de ciudades de los muertos, desde La Chacarita, Colón o el pretencioso Pere Lachaise, hasta los cementerios campesinos, mínimos, rurales de todas las aldeas gallegas en donde sobresale el panteón del prócer local, del señorito de pueblo o/y el del cacique que inició su largo viaje a la eternidad. Los camposantos amables como el coruñés de San Amaro, el de Luarca, el citado de Altamira en Viveiro con un aquel de cementerio marino como de Paul Valery. Todos los años, por estas fechas, escribo un articulo, un discreto homenaje a todos los muertos, a los propios, mis seres queridos, mis amigos que se han ido, y los difuntos ajenos que no tienen quien les escriba, todos son mis muertos, y una vez al año me detengo y los reúno en un largo pensamiento convirtiendo esta crónica en la ciudad de los muertos. La literatura de la muerte es larga y extensa, hasta Lovecraff en el Necronomicom asegura que incluso la muerte puede morir, y superar el juicio de Osiris como consta en el Libro de los muertos, obra referencial de la cultura egipcia anterior al cristianismo que aconseja el modo de asistirnos en el ultimo viaje al inframundo y cuenta lo que nos encontramos al final del viaje, al llamado Auru. La muerte es el tema mas literario de todos los tiempos. De niño la muerte era un tenebroso temor en las noches de invierno, leyendas en el frontispicio de los camposantos «como te ves, me vi, como me ves, te verás» o aquel popular y jocoso de «aquí están os nosos ósos agardando polos vosos», que excitaban mi imaginación infantil poblándola de sombras, después crecí y la muerte se tornó una vieja conocida, hasta convertirse en un personaje fijo de mis novelas. Pero la muerte no son los muertos, no es el luto ni el duelo, no es el dolor ni las ausencias. No es la fiesta mexicana de los muertos que ríen y bailan, no son las calaveras impresas en las camisetas de los adolescentes. La muerte es nuestro fracaso colectivo cuando creímos la gran mentira de la inmortalidad. Estamos ante el día de nuestros fieles difuntos y la fiesta de todos los santos. Antaño los rapaces estrenábamos un abrigo y dábamos por inaugurado el invierno en pleno otoño. Yo sigo fiel a la oración, al recuerdo civil que una vez al año convierto el crónica y rezo en voz baja por quienes no tienen quien los recuerde, por los muertos sin nombre de las fosas comunes, de los ahogados en la mar como sepultura, en los que siguen enterrados en todas las cunetas de la historia. Por ellos, por todos ellos.