Empecemos por un ejemplo que quiere ser potente pero no trágico. Los sindicalistas de Alcalá de Henares, que el día 21 de julio de 1936 concluyeron una manifestación quemando la Iglesia Magistral que, como complemento de la primera universidad renacentista de Europa (la Complutense), había fundado Cisneros, no eran gente peor que nosotros, ni odiaban aquel templo en el que muchos de ellos se habían bautizado o celebrado el funeral por sus padres. Tampoco eran insensibles a la belleza de los tesoros que identificaban un lugar sacralizado en el año 304 por el martirio de los niños Justo y Pastor. Ninguno de aquellos manifestantes era tan asesino como para masacrar al párroco -al que todos conocían-, y cuyo cuerpo sigue desaparecido y sin protección de la memoria histórica. Y ninguno de ellos sintió después el orgullo de haber estado presente en tan enloquecido acto. Porque lo que hizo que aquellos vecinos llegasen a creer que su salario y su libertad dependían de una colosal hoguera fue el ambiente. Sepámoslo o no, todos actuamos influidos por el ambiente, con absoluta seriedad en el trabajo, o en el entierro de un vecino, y soplando matasuegras y bailando la conga el día de Año Nuevo. Somos los mismos, pero no nos comportamos igual.
Y esa es la clave. Porque el problema de la España actual no viene del sistema político, ni de la baja calidad de sus dirigentes, ni de la falta de sentido común de los ciudadanos, ni de la ignorancia de los analistas y cronistas de lo público, sino de un ambiente que anima y justifica la demagogia, la grosería, la falta de respeto a las instituciones, los disparates lógicos y las chorradas infantiles que impregnan la permanente casuística que nos gobierna, y la quiebra de los respetos y valores que protegían el orden social, la cultura cívica y la esencia y existencia de España. Y a ese ambiente se debe que el cúmulo de estupidez que nos asola parezca tan normal y moderno como soplar matasuegras -exhalando whisky- la noche de fin de año.
Cuando Iglesias va al Congreso y a las consultas con el Rey en mangas de camisa, pone de manifiesto un ambiente. Cuando algunos representantes territoriales del Estado abjuran de la fiesta nacional, o juegan a darle jaques al Rey, reflejan un pésimo ambiente. Cuando los raperos blasfeman y disparatan desde el balcón consistorial, y son aplaudidos por un pueblo que ni blasfema ni disparata, no hay más explicación que el ambiente. Cuando la lección que hemos aprendido de la crisis es que todo se resuelve gastando y desincentivando la cultura fiscal, es que estamos leyendo un libro muy serio y riguroso en un ambiente trivial y desenfadado.
Así se explica que el mismo pueblo que, saliendo de una dictadura, supo gobernarse durante casi cuarenta años, esté perdido y desnortado ahora. Y la causa es que, cuando el dedo señala al ambiente, no buscamos más salida ni defensa que el paternalismo de Estado, una piscina en la que Pedro y Pablo chapotean encantados.