La pieza imprescindible


Ahora que ha pasado un año desde el discurso del Rey del 3 de octubre, justo después del fallido cuasi-referendum de Cataluña, muchas son las conclusiones que se pueden sacar: el cortoplacismo atroz de nuestra clase política, a izquierdas y derechas, la fractura brutal de la sociedad civil catalana y la irrupción descarnada de la propaganda informativa -lo que hoy se conoce como fake news, que parece algo novedoso pero que es más viejo que el hilo negro- como herramienta para ganar voluntades. Pero entre tanto ruido, algo bueno ha salido de todo este proceso: la figura de Felipe VI como jefe de Estado, que se ha revelado como imprescindible.

España tiene el mérito de haber pasado en muy pocas décadas de ser una dictadura militar a convertirse en una de las democracias más avanzadas y estables del mundo. Esto último lo dicen todos los indicadores y organismos internacionales, que año tras año sitúan a nuestro país en lo más alto de los ránkings de calidad democrática y desarrollo social. Por supuesto que no es perfecta, por supuesto que tienen sus zonas muy mejorables, pero el camino emprendido es el correcto porque los resultados lo demuestran.

Tiene sin embargo España un problema de fondo que es la enorme tensión social existente entre las distintas ideologías. Se ve a diario. Somos un país apasionado, que cree firmemente que la mejor manera de convencer es vencer y que el contrario ha de entregar armas y bagajes y debe ser derrotado en toda circunstancia, desde una charla a una negociación. No es nuevo, forma parte de nuestra idiosincrasia y eso nos hace grandes y débiles a la vez. Por eso figuras como la de Felipe VI son, a mi personal juicio, imprescindibles. Las monarquías parlamentarias sirven para que haya un juez, un árbitro en forma de jefe de Estado que es mucho más que un mascarón de proa que cierre acuerdos comerciales por el mundo y que ondee la bandera más allá de nuestras fronteras. Un rey hace algo más que presidir desfiles o poner medallas, es alguien que debe impulsar decisiones de consenso o recordar los límites cuando algún jugador quiere hacer saltar la banca. Alguno me dirá que eso bien podría hacerlo un presidente de república. Quizá, pero verán: la mera idea de tener un jefe de Estado de un partido y un jefe de Gobierno de otro, en España, es algo que me da escalofríos. Y ya no les cuento la idea de un populista, estilo Jesús Gil, aupado a una hipotética presidencia de la república gracias a una carambola. Así que no, gracias.

Si algo ha demostrado Felipe VI es que sabe hacer su trabajo. Mientras siga demostrando que es digno del puesto es una pieza imprescindible. Y eso, en medio de tiempos de tensión y zozobra, es una garantía.

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