Es imposible no quedarse temblando después de ver Heridas abiertas. La serie de HBO hipnotiza con el pavor de las historias bien tramadas por dentro, con la asfixia de ese pueblucho de Misuri que saca a la luz los cadáveres de dos chicas jóvenes y los fantasmas internos de los hombres -y en especial de las mujeres- de ese sur podrido de EE. UU. Heridas abiertas te deja sangrando, te desgarra primero y cuando crees que has podido superar un episodio más, te hiere con otro aún más doloroso. No es un sufrimiento verla, pero se acerca mucho, asusta, angustia y pellizca como los mejores thrillers, los que se nutren de la vida real que da miedo. Basada en la novela de Gillian Flynn es imposible no rendirse a Amy Adams, que interpreta a Camille Preaker, la reportera atormentada que se ve obligada a volver a encontrarse con su infancia, con sus vecinos, con su madre y su hermana pequeña para contar un doble crimen para su periódico. Ella es el eje de una maraña que acaba abriendo las llagas de un entorno herido de muerte; y en esa ansiedad, en ese desasosiego, el espectador se despeña por el mismo abismo que los personajes. Es la única manera de saber más, de hurgar más, de abrirse más para salir de la espiral de ahogo y resolver el asesinato. Y ahí, en ese clímax angustioso, cuando no puedes más, ¡bum! te disparan el mejor final.