El tiempo y la Justicia nos van diciendo quiénes son los que gastaron por encima de sus posibilidades en aquella locura de «España va bien». Desde luego no lo hicieron ni los que acabaron en las listas del paro, ni los que se vieron obligados a cerrar sus empresas. Aunque puede que algunos cayeran en esa práctica. Pero los que dilapidaron por encima de sus posibilidades fueron las élites políticas y económicas que, poco a poco, quizá con demasiada lentitud, comienzan a dar cuenta de sus fechorías.
La condena por el Supremo de Rodrigo Rato, uno de los hombres más representativos de los años de riqueza de este país, vicepresidente de Aznar y por poco su sucesor, y de otros miembros de la banda, entre ellos Díaz Ferrán, Virgilio Zapatero y Arturo Fernández, por citar solo los más conocidos, confirman lo que sabíamos y nos negaban. Que resulta que además de robarnos a manos llenas nos abroncaban al mismo tiempo que nos impartían lecciones de ética y comportamiento.
El Supremo ha dicho que el gasto del dinero de las tarjetas black no gozó de control alguno y que dispusieron de él con absoluta libertad. Ya lo sabíamos y también que lo utilizaron en flores, joyas, combustible, restaurantes de cuatro y cinco tenedores y tiendas de decoración. Y otros gastos inconfesables. Sin el mínimo rubor. Hicieron lo que les vino en gana amparados por un sistema en el que parecía que quien no era corrupto, era imbécil. Y como se sentían en un estrato superior jamás pensaron que el tiempo y la Justicia los pondría en su sitio.
Cuentan que, a la espera de entrar en prisión, los condenados están desolados, especialmente Rato. Desolado ha de estar ese 40 % más de personas que desde hace diez años cayeron en la exclusión social. Y muchos de ellos quedaron en la ruina para que Rato y su banda, y las otras bandas bancarias, se dieran a la buena vida, al lujo y a la opulencia. Con el dinero de los demás. Que es lo mismo que hacía El Pernales. Solo que sin corbata ni traje.