Mukwege y Murat

Yashmina Shawki
Yashmina Shawki CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

Me ha emocionado. Con una de esas emociones silenciosas y profundas que te llenan de satisfacción aun cuando no puedas dejas de sentir que llega tarde y todavía hay muchísimo camino por recorrer. Una de esas emociones que te reconcilian con la naturaleza humana y el momento de caos en el que vivimos, donde el cambio es la constante y la permanencia una anécdota. Una de esas emociones que te inspiran confianza y la sensación de que no todo está perdido y que, quizá, la gran revolución que lleva en marcha desde hace más de un siglo consiga avanzar de manera imparable. Una revolución que hace un año adquirió una gran visibilidad gracias a lo mediático de sus mensajeras y que ha marcado un antes y un después en la lucha de las mujeres por sus derechos.

El movimiento MeToo -Yo también- ha salido de los privilegiados escenarios norteamericanos y de la cómoda seguridad europea para premiar la labor encomiable de uno de esos médicos que nos reconcilian con la profesión, el doctor Denis Mukwege. Un galeno que, arriesgando su vida, cura física y mentalmente a las mujeres congoleñas víctimas de las más brutales violaciones, empleadas como una de las estrategias de guerra más eficaces. Pero, además, este merecidísimo premio Nobel de la Paz de 2018 lo comparte con otra persona que representa la otra cara de la moneda de las violaciones, las verdaderas protagonistas, las víctimas. La joven yazidí Nadia Murat quien, pese al miedo, al trauma y al dolor, se atrevió a denunciar el doble castigo que las mujeres de su etnia sufrían a manos de los animales de Daesh: las violaciones y, después, la estigmatización social. Una denuncia que es la mejor forma de lucha contra el olvido y lograr el reconocimiento que conduzca a la acción de la justicia y sin la cual no es posible la paz.