La calle, Torra, la calle

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Matthias Oesterle | DPA

La mayor fake news de la historia es la que está agitando Cataluña. En nombre de una falsedad (la represión) ayer se cortaron carreteras, vías de tren y calles hasta colapsar el tráfico urbano de Barcelona. En nombre de esa misma falsedad, a la que se otorga la categoría de verdad casi bíblica, se hace urgente proclamar la república de Cataluña. Y el mismísimo presidente de la Generalitat se presenta ante los jóvenes manifestantes a animarlos a que presionen: «Presionad, hacéis bien en presionar». La falsedad de la represión quedó de manifiesto en los sucesos de ayer: la policía estatal no hizo acto de presencia porque no le compete; la policía autonómica se abstuvo de reprimir los actos vandálicos de Gerona; la policía local no restableció el tráfico en las calles, y el apóstol de la lucha contra la represión disfrutó de absoluta libertad para enardecer a los mozalbetes folloneros de los Comités de Defensa de la República. Cataluña fue una región libre para hacer todas las protestas posibles. Barcelona fue, sencillamente, la ciudad sin ley.

Así se construye la independencia de Cataluña: sobre una sucesión de fake news que se airean, se repiten y se multiplican. ¡Y qué malas sensaciones nos deja la jornada de ayer! Un miembro del Gobierno me había dicho poco antes: «Cataluña está mejor de lo que pensáis; Torra todavía no ha cometido ninguna ilegalidad; el único peligro está en la calle». Las dos primeras frases son discutibles; la referencia a la calle es cierta. La CUP y los CDR demuestran cuando quieren una gran capacidad de movilización. No tienen límites a la provocación y están dispuestos al cuerpo a cuerpo metiéndose en otras manifestaciones, como ocurrió en la convocada por la libertad de idioma y este sábado con la de Jusapol. Si los Mossos d’Esquadra tratan de impedirlo para evitar un choque violento, los atacan, presentan a los agentes poco menos que como criminales y exigen la dimisión de sus responsables, incluido el propio Torra.

«El único peligro está en la calle». Y casualmente ese es el resorte que toca el president. Como esa actitud no es comprensible en ningún gobernante, tiene que haber otra explicación: Torra sabe que no puede conseguir nada desde su Gobierno ni desde el Parlament. Sabe también que una declaración unilateral lo podría conducir a la cárcel. En consecuencia, trata de excitar a los más radicales a que tomen la calle. ¡Qué peligro público, Dios mío! No sabe medir la pequeñísima distancia que hay entre una disposición a la rebeldía y el conflicto violento. Y si lo sabe, no tengamos dudas: mientras espera el diálogo con Pedro Sánchez, quiere una calle enardecida para asustar. Es decir, para intimidar. Es decir, para chantajear.