1-O: el nuevo mito catalanista


El nacionalismo -todos los nacionalismos- se alimenta de mitos. El proceso de fabricación del mito es sencillo: se coge un episodio histórico, se reinterpreta o manipula a conveniencia, se establece maniqueamente la división entre héroes y villanos, y se encaja la pieza en el imaginario soberanista preestablecido. Si el nacionalismo triunfa, el mito se convierte en señal de identidad que legitima al nuevo Estado. Si el procés fracasa, nutre el memorial de agravios, cohesiona las huestes y rearma el ejército independentista. En la victoria y en la derrota, el mito siempre presta servicios a la causa.

El santuario catalán está poblado de mitos. Alguno, como el de 1714, de una simpleza pasmosa. Su mecanismo se reduce al cambio de una letra: la conversión de una guerra de sucesión por el trono de España en una guerra de secesión de Cataluña. El último, el mito del 1-O, se halla en proceso de avanzada gestación. Los síntomas del parto inminente parecen evidentes. Una veintena de poblaciones catalanas ya han incorporado a sus callejeros el «1 d’Octubre». Y miles de jóvenes, convocados por la CUP y comités republicanos, reprimidos por los Mossos y alentados por Torra, prueban en la calle la eficacia movilizadora de la bandera que se estrena.

Del mito en construcción asombra la fragilidad de sus materiales. No se atisba pizca de épica en los hechos que rodearon la consulta ilegal del 1 de octubre del 2017. Ni rastro de gestos o gestas con que se forjan los mitos, como los de los irmandiños gallegos, los comuneros de Castilla o los segadors catalanes. Nada hubo de heroico en aquel episodio, solo la ilegalidad manifiesta, el uso de los resortes del Estado para desafiar al Estado, el engaño burdo y la huida precipitada cuando asomó el 155.

Con esa endeble plastilina, más propia de una ópera bufa que de una revolución, el independentismo está creando un mito. Algo que solo fue posible por sendos errores del Gobierno. Primero, por asumir el juego del gato y el ratón que le proponía el independentismo. Mientras Rajoy garantizaba repetidamente que no habría referendo, Puigdemont aseguraba que ya disponía de 6.000 urnas. Llegó el día de marras y, efectivamente, dos millones de catalanes emitieron su voto en 4.500 mesas perfectamente surtidas de urnas y papeletas. El Estado quedaba en cueros: en ridículo.

La desmesurada actuación policial en la mañana de marras constituye el segundo error del Gobierno. Lo reconoció el propio Rajoy en una frase que le atribuyen y que nunca, que yo sepa, ha desmentido: «Una urna, una porra. La batalla mediática está perdida». El mito del 1-O había sido engendrado aquel día.

Tres años antes, el mismo Gobierno actuó de forma bien distinta. Artur Mas convocó un referendo, 1,8 millones de catalanes votaron por la independencia, pasó el día y se acabó la romería. Como en el estrambote de Cervantes: «Y luego, incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada, / miró de soslayo, fuese y no hubo nada». El 9-N nadie lo recuerda ya. Mientras, el 1-O busca un hueco en el altar de los mitos catalanistas.

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