La expresión el elefante en la habitación se utiliza con frecuencia en los países anglosajones para describir la situación creada cuando todo el mundo sabe de la existencia de un problema, pero actúa como si no existiese. El elefante está allí, a su lado, pero no lo ven. El elefante de la corrupción estuvo durante años vagando por la sede del PP y nadie quiso verlo. Por eso ayer quien fuera su presidente, José María Aznar, negó hasta la saciedad, en sede parlamentaria, la existencia de la caja b, de los sobresueldos, de la financiación irregular y de todo cuanto los tribunales han dado como acreditado.
Ayer regresó al Congreso el Aznar de siempre. El del tono molesto, el altivo, el despectivo, el del y usted más. Y regresó para hacer lo que todos sabíamos antes de su comparecencia. Negar cualquier conocimiento y, mucho menos, participación en las acciones corruptas de su partido. Eso que no solo los tribunales, sino también algunos destacados dirigentes populares reconocen en privado. Esos dirigentes que han tenido que apechugar con las consecuencias de las acciones de la presidencia aznarista. Por negar negó hasta haber contratado al corrupto Correa. Y aún más. Negó conocerlo, lo que resulta poco menos que quimérico.
Con el mismo atrevimiento y soltura con los que denunció hace años la existencia de armas en Irak, rechazó ayer todo cuando se le planteó, permitiéndose incluso descalificar resoluciones judiciales y utilizando una estrategia ya muy conocida en su vida política. El ataque a los adversarios, incluso con asuntos que nada tenían que ver con su cita parlamentaria.
Aznar volvió ayer a la vida pública. Y salió del Congreso tal y como entró. Ni más tocado, ni más fuerte. Eso sí, nos dejó la sensación de que faltó a la verdad reiteradamente. Intentó convencernos que no vio el elefante en la habitación. Que todo fue un sueño. Así que sus señorías pudieron eludir citarlo para evitarnos perder el tiempo. Pero también para ahorrarnos volver a las pesadillas del pasado.