El moño de Mario


La telerrealidad se empeña en complacer a ciudadanos anónimos con sus preceptivos quince minutos de fama, pero es justo admitir que muchos realities alcanzan la cumbre cuando dejan el asunto en manos de profesionales. MasterChef es uno de los mejores ejemplos y lo confirmó el domingo su tercera edición. De sus tres versiones para elegir, todas de éxito, MasterChef Celebrity suele ser la más divertida. No es extraño. El concurso, sea de niños o adultos, se esfuerza por dibujar personajes dispares que fabriquen tramas con las que enriquecer sus guisos. Y en ese terreno no hay quien pueda con figuras cuyo trabajo es interpretar, caso de los actores, o con otros que se han labrado la fama construyéndose una identidad carismática, caso de Boris Izaguirre, Antonia Dell’Atte o Carmen Lomana. Si en la primera edición el mal rollo entre Loles León y Fernando Tejero fue la sal del programa y la abundancia de cómicos aderezó la segunda entrega, esta vez la rivalidad entre la modelo italiana y la celebridad española entre plato y plato promete ser digna de la mejor telenovela.

Pero hay otro valor añadido que solo la versión con famosos puede aportar, algo tan infrecuente como ver a Mario Vaquerizo en modo serio, con moño, redecilla y sin el ojo pintado. El estrés de remangarse ante los fogones humaniza a esas personas a las que todo el mundo cree conocer.

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