Después de la Diada


No voy a entrar en la guerra de los números. Todos los años los convocantes hablan de un millón de personas o más, el Gobierno reduce la cifra a la mitad o menos. Hayan sido los que hayan sido, la Diagonal estaba repleta de gente, de esteladas y lazos amarillos y el independentismo demostró un músculo muy notable que sería insensato desconocer. La idea de la república demuestra capacidad de convocatoria. Los presos aportaron este año el toque sentimental. La Diada se ha convertido en una concentración tradicional, muy preparada y este año muy convocada por el espíritu agitador del presidente Torra. Digamos que los independentistas compiten con la Iglesia en la liturgia del espectáculo. Incluso la noche del lunes hubo una marcha de antorchas y farolillos que recordó las vigilias religiosas. En la celebración hay siempre la promesa del paraíso para los fieles y la amenaza del fuego eterno para los herejes. Como ensayo de ese fuego, los de la CUP quemaron imágenes de Felipe VI. 

La trascendencia de la Diada es evidente. En la de 2012 se perdió el miedo a la palabra independencia, que hasta entonces se invocaba en privado, y en esa fecha pasó a ser una reclamación a cuyo frente se puso Artur Mas, alentado por su señora. Cinco años después, en 2017, quiso ser el refrendo popular a las leyes de desconexión aprobadas en las tristes sesiones parlamentarias de los días 6 y 7 de septiembre y el prólogo de la proclamación de independencia del día 27 y del falso referendo del 1 de octubre. Este año el señor Torra lo quiere convertir en el punto de partida de lo que ayer llamábamos insurrección. La Diada, pues, no se agota en sí misma, sino que siempre quiere ser el pórtico de algo superior. Se ha convertido en una ceremonia de calentamiento. La quieren convertir en un mandato popular. Torra debe estar a un milímetro de darle el valor de un referendo. Por lo menos, de una expresión social que legitime sus excentricidades.

Con periodística oportunidad la BBC emitió una entrevista con Borrell en la que el ministro de Asuntos Exteriores, gran luchador contra la independencia, se mostró «personalmente» partidario de la libertad provisional de los presos. Fue lo que faltaba: ¡hasta un ministro españolista quiere a los presos en la calle! Rufián lo celebró como una conquista. Y a este cronista lo dejó pensando: si la prisión de los líderes, siendo provisional, moviliza tantas pasiones, ¿qué ocurrirá si se quedan en prisión con una condena? Torra, que por una vez razona, ya reconoció que no puede abrir las cárceles. Pero deja la mecha encendida para una gran agitación.

Y hay quien dice que la cuestión catalana va a mejor... Para el Estado, no creo. Debe ser para Puigdemont.

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