Anda Europa revolucionada con la hora. Bruselas abre la puerta al cambio del cambio, que diría Felipe González. Voten, señores y caballeros, que no se diga que la Unión Europea es un lugar pelado con la urna, con la decisión personal de cada ciudadano. Lo de atrasar o adelantar los relojes es un engorro. Pero la propuesta, lanzada así, a granel en pleno verano, se antoja populista. Como si los que mandan ofrecieran su propia ráfaga en esa tempestad que recorre el viejo continente y gran parte del nuevo mundo. La iniciativa se levanta sobre una encuesta en la que ha participado un porcentaje mínimo de la población de los países miembros. De momento, sobra entusiasmo y faltan informes de expertos al margen de la política, reflexiones que vayan más allá de la oportunidad de estirar el atardecer en una terraza en pleno invierno. Algunos venden esta revolución como la panacea de la conciliación. España sería por fin un país civilizado. Como si todo esto fuera a cambiar las comidas tardías y eternas, la cultura presencialista y las rutinas tóxicas de toda la vida.

Curiosamente, este proyecto le regala al Reino Unido un nuevo dolor de cabeza. Porque se puede dar la carambola de que Irlanda e Irlanda del Norte tengan horas diferentes en el 2020 o el 2021. Por si no fuera poco el lío de la frontera entre los dos territorios. Detallitos que se le pasaron a Nigel Farage en su campaña para decir adiós a la UE. Quizás el error de pensar que uno está solo en el mundo y que además le va a ir muy bien simplemente por su cara bonita. No queda otra que aprender a disfrutar de las pequeñas cosas del brexit. A pesar de los arrepentimientos. A buenas horas.

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A buenas horas