Tambores de guerra (comercial)

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Con un gobernante tan vocinglero como Donald Trump es difícil saber si sus continuas amenazas a todo lo que se mueve son reales, o si se quedarán en el mero dominio de la retórica. Así ha venido ocurriendo durante el último año con los avisos de guerra comercial: durante un tiempo pareció que los mensajes proteccionistas se correspondían sobre todo con el estilo del personaje y con el cálculo de obtener un buen montón de votos entre sectores descontentos (especialmente en el conocido como cinturón de óxido). A la hora de la verdad, las medidas proteccionistas concretas eran moderadas (inferiores incluso a las que pusieron en marcha gobiernos anteriores, que en principio se decían a favor del libre mercado, como el de Clinton hace dos décadas). En todo caso, algunos países que son grandes socios comerciales de EE.UU., como México y Canadá, en ningún momento tuvieron razones para estar tranquilos.

Pero en los dos últimos meses las cosas han cambiado significativamente. Ahora, además de los países de Norteamérica, el ojo de Trump se ha puesto en el gigante chino, con quien Estados Unidos tiene un enorme déficit comercial, de unos 370.000 millones de dólares; la subida efectiva de los aranceles que afectan a productos de esa procedencia empieza a ser ya muy notable, de modo que cabe pensar que tendrá efectos significativos en el comercio entre los dos países. Y, más importante, sigue la pauta de evolución de las guerras comerciales que suele acabar teniendo consecuencias letales: la decisión de un país que sube unilateralmente sus niveles de protección; la respuesta de los afectados, que intentan replicar la agresión, pero en sentido contrario; la subida de la apuesta por parte del Gobierno desencadenante…: un movimiento en espiral que sigue y sigue, hasta acabar por perjudicar a todos los que participan en él. Eso es exactamente lo que hemos visto estas últimas semanas. Un arancel del 10 % a un buen número de productos chinos por valor de 200.000 millones de dólares, que ha sido respondido por Pekín con una medida de parecida proporción. Por lo que de nuevo Trump ha subido esos aranceles hasta el ya muy serio 25 %. La guerra comercial parece estar servida.

De momento, las amenazas a Europa han quedado en la reserva, pero nadie parece fiarse de que ese frente no se active. Tampoco resulta tranquilizadora la subida de aranceles a Turquía, justo en el momento de mayor peligro para la divisa de ese país, en su crisis reciente. Habrá que pensar que en los próximos años el comercio internacional contribuirá poco al crecimiento general. De hecho, el FMI acaba de revisar a la baja (en medio punto) el repunte esperado para el 2020 por este motivo. Y lo mismo están haciendo algunos institutos nacionales para sus propios países. Los tambores de guerra comercial tendrán un coste y acaso no será pequeño.

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