Rojos y azules por decreto-ley

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La exhumación de Franco es la anaconda informativa de este verano. Huérfanos de las míticas disputas por Gibraltar y con la inmigración y Venezuela siendo noticias de entidad, el Gobierno de Pedro Sánchez se ha encomendado al unboxing de los huesos del dictador para disimular que sufre en el Congreso por su inmensa minoría, para poner en una encrucijada a ese par de gemelos llamados Pablo Casado y Albert Rivera y para dejar en fuera de juego la campaña de desprestigio internacional sobre la que cabalgan los independentistas de Puigdemont.

No hay posverdad que valga. El franquismo fue un régimen atroz, ominoso y dañino que España supo dejar atrás. Y solo un ruidoso grupo lo añoran o le rinden tributo, pero ellos conforman una bolsa de votos de alto valor estratégico en una de las áreas más extremas del espectro ideológico, la que ahora está más disputada.

La jugada es, políticamente hablando, magnífica y crispadora. Escasos riesgos. Altos beneficios. Divides, vía decretazo, el terreno de juego en dos mitades. Las pintas. Una de rojo. La otra de azul. Y obligas a tus adversarios a retratarse y elegir, quieran o no, un color. ¿El resultado? Pues todo atado y bien atado. Salvo chapuza, el PSOE gana. Y sus rivales pierden y se lían hablando de pactos, vinilos y debates obsoletos para alboroto de las redes.

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