Contigo empezó todo


El 25 de julio del año 1999, en Lisboa, el baloncesto español cambió para siempre. Una imberbe selección española derrotaba a Estados Unidos en la final del Mundial júnior de Portugal. Las caras de los americanos, que se pasearon altivos hasta esa cita, eran un poema. Una victoria a la historia, una patada a las frustraciones. Berni, Raúl López, Felipe Reyes, Pau Gasol... y, por supuesto, Juan Carlos Navarro. El escurridizo dorsal 7, número que le acompañó hasta su último partido con España, dio la última asistencia en aquel duelo para regalar un triple a Carlos Cabezas que acabó con la resistencia yanqui. Jugó también la última posesión. Recibió la última falta. Anotó el último punto. La estocada definitiva a los complejos de Los Ángeles en 1984.

Desde entonces el baloncesto español ha sido una fiesta. Y él ha estado en todas. Elegante, rápido, preciso. Un paso, dos pasos, salto y una parábola perfecta que el baloncesto mundial apodó como La bomba. La bomba Navarro.

Debutó antes con el combinado nacional absoluto que Pau Gasol, su amigo y compañero de habitación. Cuando el pívot se lesionó antes de la final del Mundial de Japón del 2006, él tomó las riendas ante su ausencia. Anotó 20 puntos para apalizar a los griegos y el MVP se lo llevó Gasol.

Se fue un año a la NBA. Jugó todos los partidos, se quedó a dos triples de igualar el récord de triples logrado nunca por un novato y se volvió para seguir ganándolo todo con el Barça. Todo es todo.

Ahora, en su ocaso, su club le quiere retirado. Una manera muy patria de tratar a las leyendas.

Las gracias ante todo.

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