El alcalde de Santiago sale en defensa de la catedral tras la pintada después de aprobar un pregón de Carnaval insultante con el Apóstol
La novela suprema de Eduardo Blanco Amor es La catedral y el niño. Sé que no resulta correcto decirlo, y más siendo escritor gallego, pero es la verdad. Su estilismo barroco supera con mucho los artificios técnicos de A esmorga y solo en su complejidad diegética es comparable con Xente ao lonxe. También me apuro a señalar que la otra novela en español de EBA, Los miedos, es tan brillante como la citada al comienzo. Concurrió al Premio Nadal en 1961 y la leyenda dice que fue finalista, aunque en realidad fue tercera. Hace años me tomé el trabajo de comparar el trío de novelas. No había color. Los miedos era la mejor de las tres. Mi conclusión: qué injustos son algunos galardones literarios.
Las dos novelas en español del maestro EBA guardan algunas concomitancias entre sí. La principal es la ambigüedad en la que se desenvuelven los personajes centrales. Se sitúan entre fuerzas opuestas, contrarios, y en ese laberinto deben encontrar su destino. Sin embargo, la grandeza de la obra en español de EBA no viene por los contenidos, sino por su prosa musical, armónica, fértil en lenguaje y poderosa en la dicción. Obra de un autor de talento perseguido por ser homosexual, políticamente incorrecto, solitario e iconoclasta. A Cunqueiro también lo persiguieron. Curiosamente algunos son los mismos que después le escribieron loas. Dejémoslo.
El artículo no va de literatura. Hoy toca política, que es mudable y en ocasiones paradójica. Eso pensé cuando contemplé al alcalde de Santiago defendiendo la catedral, como el niño de Blanco Amor procurando en ella sus desvelos. La pintada del idiota que la pintó dio la vuelta al mundo. Y al frente de su defensa, acompañando al conselleiro, estaba el alcalde. Reivindicativo. Pero no nos engañemos. Es el mismo alcalde que hace meses aprobó, sin crítica alguna, sino con encomios a la libertad, que en el pregón del carnaval compostelano se insultase a la virgen, a la Pilarica y al Apóstol: a los católicos, en suma. Es uno de los alcaldes de Podemos-En Marea. Todos comparten las mismas tesis anticatólicas. Basta mirar el programa electoral de su franquicia en Madrid. Para ellos la enseñanza concertada debía desaparecer. También el 0,7 de la declaración de la renta. La Iglesia, la catedral también, debiera carecer de privilegios fiscales. ¿Por qué los tiene? Porque la Iglesia le da a la sociedad y al Estado mucho más de lo que de ellos recibe. En su visera quizá porte el alcalde unas anteojeras que le impiden ver la realidad: la catedral es un símbolo católico. Artístico, también. Pero católico por encima de todo. Ese catolicismo que él y los suyos vulneran y maltratan. La próxima vez que pose ante ella, para defenderla, debiera pensarlo.