Y el Óscar es para...


La primera ceremonia de los Óscar, allá por 1929, se despachó en quince minutos. Ni cámaras, ni desfile de moda ni soporíferas dedicatorias fueron necesarios para inaugurar lo que acabaría por convertirse en un carísimo fiestón que sentó cátedra en el género de las entregas de premios televisivas. Ese suspense creado por el mítico “and the winner is...”, más tarde sustituido por “and the Oscar goes to...”, creó escuela, pero el ritual derivó con el tiempo en un programa larguísimo que ya no atrae al público.

La audiencia de este año bajó a mínimos históricos y Donald Trump no tardó en ofrecer su diagnóstico: «El problema es que ya no tenemos estrellas..., excepto vuestro presidente». Un razonamiento lógico si, según su opinión, la actriz viva con mayor número de Óscars está «sobrevalorada».

En un momento en que los talentos de Hollywood se pasan a la pequeña pantalla y gana relevancia la etiqueta de «televisión de calidad», la Academia busca detener la fuga de espectadores reduciendo la duración del espectáculo y creando un nuevo premio: el Óscar a la película más popular, un nombre que suena más a registro de contabilidad que a intangible valor artístico. En un ejercicio de imaginación poco sofisticado, la lectura del asunto que hicieron medios como Variety resulta esclarecedora: la Academia dará un Óscar a la película más popular del año; la cadena ABC, que retransmite y financia la gala, es propiedad de Disney; Disney no solo firma dibujos animados, sino muchos de los grandes taquillazos del año. Pregunta: ¿además de mejorar la audiencia, qué quiere Disney?

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos
Comentarios

Y el Óscar es para...