Selfi accidentado


Nadie suele creerse nada de lo que cuento, se ríen de mí y me toman por un pobre inútil con una falta de atención social enfermiza. Ellos no saben que a mí me da igual, que soy más feliz que el resto pasando desapercibido, aunque las partidas a la escoba se hagan más difíciles jugando contra nadie.

Sigo perdiendo en cada mano. Así que decidí pasar un fin de semana de este agosto en la piscina que han hecho mis padres.

Mis padres, que se pasan todo el verano en la playa, consideraron que una piscina en la casa a las afueras era necesaria para que su hijo mediano -yo-, el que odia el calor y el remojo tuviera donde caerse muerto más allá del piso de alquiler sin luz. Su otro hijo y su otra hija, los buenos, son gente normal que veranea en la costa, que mandan fotos de percebes y vídeos de olas rompiendo al atardecer. No hay picaduras de fanecas ni barrigas color camarón. No sé como lo hacen para que todo les salga perfecto.

No me creyeron cuando envié un mensaje al único grupo de WhatsApp que me queda sentado en el borde de la piscina familiar, no les culpo tampoco. No soy de fiar.

Solo un selfi podría otorgarme la veracidad suficiente. Pero claro, todos mis selfis son un desastre: un dedo asomando, la papada amenazando y siempre parezco más feo y más tonto de lo normal.

Encontré el ángulo adecuado con la mano derecha, la izquierda para apoyar consiguiendo una perspectiva del agua tras de mí. Al disparar el teléfono resbaló traidor sumergiéndose como un campeón olímpico de 10. Salté con fuerza tras él. Mis gafas salieron disparadas y para cuando me reincorporé mi pie derecho ya las había roto por tres sitios. El móvil tampoco sobrevivió. No hubo pegamento ni arroz que me salvaran. Volví a duras penas a mi piso. Los idiotas preferimos bajar la persiana.

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