Tránsito


Vengo de leer Tránsito, de Rachel Cusk. También había leído, con enorme interés y mucha sorpresa, su novela anterior. En sus libros, aparentemente, no sucede casi nada: una línea narrativa muy tenue a la que va cosiendo, sobre todo, conversaciones. Al contrario que en la inmensa mayoría de las novelas, en las de Rachel Cusk las cosas están en la última página más o menos igual que en la primera: casi nada ha cambiado, salvo acaso nuestra manera de leer la vida, porque Cusk la cuenta sin filtros ideológicos, tal cual, contemplándola. Le sale, como consecuencia, una manera de hablar que surfea lo políticamente correcto sin que nadie pueda acusarla de nada. A propósito, por ejemplo, de un músico que termina triunfando porque no aceptó su evidente falta de condiciones naturales para tocar el clarinete y peleó hasta dominar el instrumento, comenta un personaje: «Nos han imbuido tanto esa doctrina de que tenemos que aceptarnos, que la idea de no aceptarse es bastante radical». Se refiere, claro, a que todos nos aceptamos en lo que nos resulta fácil, cuando lo verdaderamente interesante es intentar lo que vale la pena, aunque resulte difícil. También en las relaciones personales. Como en su novela anterior, los personajes parecen construidos de familia o de ausencia de familia: «Sin hijos ni pareja, sin una familia o un hogar, un día puede hacerse eterno: una vida sin esas cosas es una vida sin historia, una vida sin nada -sin caprichos en la narración, sin desarrollos de la trama, sin dramas humanos absorbentes- que pueda aliviar el cruelmente minucioso paso del tiempo». Una vida como la de sus personajes, una trama como la de sus libros. Quizá como la nuestra.

@pacosanchez

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