Bodas


Las bodas suelen ser cansinas aunque se anuncien como el día más feliz de la vida -sería más correcto decir de ese momento de la vida- y cobran un esfuerzo ímprobo a todos los asistentes. Al menos el bodorrio que se ajustaba hasta hace poco a un protocolo caducado y agotador.

La ceremonia empezaba con el preámbulo de la «pedida de mano» aún vigente en muchas familias y que, visto desde hoy, es un monumento al machismo ontológico. La pedida de mano se da en los «esponsales» que son los días previos a la boda -de ahí la palabra esposos- y que simboliza la transmisión del manus, término del derecho romano que no era más que el poder judicial que un hombre tenía sobre una mujer a cambio de su «manutención». Pedir y dar la mano de la novia era traspasar el poder y la posesión sobre la interfecta del padre al yerno. Este fue el origen, aunque durante siglos se ha ejercido como una ocasión para conocerse las familias y escanear vibraciones. Ahora las estructuras familiares tradicionales son minoritarias y no está muy claro a quién hay que pedir la mano y encima si te equivocas de manus, la novia te puede denunciar y meterte una ruina. En esto hemos avanzado.

Créditos aparte las bodas cuestan un dineral, un pastón para quien se casa y un marrón para el invitado que rápidamente se hace la pregunta: ¿Cuánto se suele dar? Y aquí el mercado es muy volátil. Sin hablar del paso de la fatiga de escoger las tarjetas de enlace a las hiperventiladas pancartas del tipo La Trini y el Yago se casan que invaden los caminos y autopistas de la vida.

No está mal vestir de ceremonia y ponerse guapos alguna vez al año aunque para la mayoría sea un mero disfraz; es bueno ponerse de tiros largos de vez en cuando para no perder referencia de costumbres y respetos. Todo esto ha cambiado felizmente y aliviado el tour de force de la boda de toda la vida. Sin embargo, son varias las invitaciones de enlace que he recibido en las que los atenuantes de la ceremonia tradicional se compensan con una preboda, boda y posboda, cuando no en lejanos y cinematográficos parajes que resultan igual de agotadores. Líbreme el cielo -nada más lejos de mi intención- amargarle la boda a nadie, pero déseme la venia para contar a los «casados frescos» lo que era casarse antes, aunque solo sea para que paladeen más y mejor el placer de haber roto las ballenas del protocolo.

Solamente hemos perdido algo irrecuperable: la noche de bodas. Las lunas ya no son de miel, son de estevia y con efectos especiales.

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