Sánchez en la España de las maravillas

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Pedro Sánchez no podrá repetir nunca un discurso como el de ayer. Hasta ahora, todo lo malo que hay en España, todos los problemas y todas las injusticias eran culpa del antecesor, de la «herencia», palabra que se vuelve a utilizar con fruición, como en todos los cambios de gobierno. Por eso su discurso ha sido una pieza fácil, que quedó magnífica como catálogo de las inquietudes nacionales y de los estados de opinión más negativos. ¿Hay un movimiento contra las agresiones sexuales? Ahí está Pedro Sánchez repitiendo «cuando la mujer dice no, es que no». ¿Hay estadísticas periódicas que denuncian desigualdades? Ahí está Pedro Sánchez luchando contra la pobreza o la brecha salarial. ¿Hay quejas por la lentitud de la Justicia? Pedro Sánchez hará posible una Justicia rápida y eficiente.

Y así fue repasando el catálogo, sin olvidar la agricultura, que con él será próspera; ni el fraude fiscal, contra el que luchará como un Montoro y prohibirá las amnistías; ni del paro juvenil, contra el que tiene recetas; ni de las viviendas turísticas, que él sacará de los contratos de alquiler; ni del precio de los alquileres, que él va a resolver; ni de la asistencia sanitaria, que será buena y abundante; ni de la innovación tecnológica, que somos un país moderno; ni de los homosexuales en el Ejército, que no tendrá más presupuesto, pero sí los derechos LGTBI; ni, por supuesto, de los huesos de Franco, con los que comenzó su brillante oratoria. O Franco, o nada, podría ser su consigna. Dedican más esfuerzos intelectuales a hallar la fórmula jurídica para sacar a Franco del agujero que a encontrar soluciones a la inmigración.

En medio se le escapó alguna mentirijilla, como que quiere una RTVE neutral; alguna injusticia, como decirle a Albert Rivera que vive muy bien luchando contra el independentismo; alguna falsificación cuando habló de programa de Gobierno, cuando presentaba su programa electoral; algún exceso de entusiasmo de novato, al pretender que el Ejecutivo puede resolverlo todo, y algún exceso de ambición, porque considera su etapa como «una nueva época». Ahí tuvo su primer asomo de adanismo, que es el pecado en que cayó también Zapatero al pensar que la democracia y los derechos sociales empezaban con él. Todo lo anterior no contará para la historia de España.

Pero, bueno: por lo menos hay un programa. Socialista en la idea, grandilocuente en la forma, iluso en el proyecto, incluso bonito para su electorado. Le faltan números, faltan medidas concretas, pero tampoco las tenía Alicia en su país de las maravillas. Y desmiente lo que hasta ahora dijo la derecha: que Sánchez solo quería ser presidente para ser expresidente. De eso nada: Sánchez quiere durar.

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