¿Quién dará fe del 'sí quiero'?


Teniendo en cuenta que el hombre y la mujer son los únicos animales que tropiezan dos o más veces en la misma piedra, es lógico que los políticos y los ciudadanos sigan creyendo que las leyes, además de establecer reglas de conducta susceptibles de ser analizadas y sancionadas en proceso judicial o administrativo, tienen plena capacidad para transformar la realidad, o para cubrir, definir y concretar toda la infinita variedad de casuísticas que generamos millones y millones de ciudadanos en nuestra vida diaria.

De esta creencia se deriva la alocada carrera que hemos emprendido -también en España- para legalizar y reglamentar toda nuestra vida, en lo biológico, lo social, lo económico, lo espiritual y lo deportivo, que discurre en paralelo a la plaga de simplezas y dogmatismos con los que, más que resolver los problemas que acongojan a nuestra sociedad, sólo intentamos demostrar lo mucho que estamos haciendo -políticos y ciudadanos- para construir un mundo más perfecto que el que se atrevió a definir Leibniz en su teodicea.

Quizá por eso, porque nos preocupa más aplacar nuestra conciencia que resolver los problemas, tendemos a huir de cualquier metodología seria para evaluar correcta y funcionalmente los resultados de las políticas y las reformas que hacemos a diario, así como los efectos que las nuevas directivas producen sobre los sistemas de control y dirimencia de conflictos. De hecho tengo la impresión de que los conflictos de género -asesinatos machistas, violaciones y abusos- no paran de crecer, y de que aún estamos a años luz de entender cómo se pueden trasladar a la actual cultura del individualismo y la libertad sin límites los criterios de respeto e igualdad que aún brillan por su ausencia en los mundos de la publicidad, los espectáculos, la literatura de masas y los estereotipos sociales.

Tengo por seguro que simplificaciones como 'todo lo que no es sí, es no', que sólo podrían operar mediante un contrato previo, lleno de cláusulas de cumplimiento y resolución minuciosamente pactadas y firmadas, no pueden sustituir el papel de los jueces, los educadores y la familia en la aplicación de los principios morales y del sentido común de los que adolecen las sociedades actuales. Por eso tuve la tentación de titular este artículo como «El sí de las niñas», ironía de calidad a la que acabé renunciando por miedo a la incomprensión de la gente y a las reclamaciones de plagio que podría hacerme Moratín. Porque mucho me temo que, salvo que el ‘sí’ se pacte y se documente ante notario, toda su problemática se va a trasladar al mismo sitio donde hoy estamos, que es demostrar si hubo sí, si era un sí real o irónico, y si el consentimiento abarca todo el acto o queda condicionado a hipotéticas veleidades interruptoras.

Pero la política actual está pegada al espectáculo y al Twitter. Y por eso me temo que nadie nos va librar de una catarsis que solo el tiempo y nuestros fracasos pueden desencadenar.

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