Qué va a ser de este PP que perdió el poder de forma tan injusta e inesperada, y que ahora inicia su peregrinaje por el desierto de las primarias y de los liderazgos en construcción? En términos técnicos su pronóstico es reservado, porque tiene un 50 % de posibilidades de salir de la charca antes de un año, y otro 50 % de entrar en una crisis de difícil reversión. Tras la elección de precandidatos en las personas de Sáenz de Santamaría y Casado, tendremos que ver, en primer lugar, si los compromisarios del próximo congreso cierran este episodio con un liderazgo claro, o si un tanteo equilibrado entre los ahora ganadores mantiene las espadas en alto y les hace arriesgar su privilegiada situación de primera fuerza política de España. La experiencia nos sugiere que el PP no se va a enzarzar en prolongadas luchas fratricidas, y que las componendas habituales entre las facciones que luchan por el poder cerrarán pronto este capítulo.
Pero el problema esencial del PP vendrá después, cuando un líder en proceso de formación, que no será más que un primus inter pares, se dé cuenta de que el partido lleva demasiado tiempo viviendo de dos estrategias caducadas: un pragmatismo gestor que, cuando se pierde el poder, se convierte en un agujero negro; y la pobre y trasnochada idea de que el éxito económico y el político son equivalentes e intercambiables. El diagnóstico de Margallo era, a mi juicio, el más acertado, por lo que la preocupación de los líderes del PP debería dirigirse desde hoy mismo hacia la recuperación de un bagaje ideológico que les rescate de su condición de meros gestores, y hacia la formación de un discurso de partido y de Estado que impida que todos los charlatanes y demagogos que dicen hablar en nombre de la gente, de las libertades y de la igualdad les roben la cartera, con tanta facilidad, en la feria de las vanidades.
El esfuerzo que el PP ha realizado para frenar la caída y remontar la crisis -que será un referente histórico muy favorable para Rajoy- fue despreciado por buena parte del pueblo español, que no supo entender el problema, que no recibió explicaciones claras sobre las causas de la caída, y que nunca creyó que la austeridad y el ajuste fiscal fuesen las únicas escalas disponibles para salir del pozo. El PP tenía mucho que hacer -¡y lo hizo!-, pero poco que decir -¡y calló como un muerto!-. Y en esa carencia de épica, discurso, ideología y proyecto nacional, trabajaron los carteristas de la censura con total impunidad, con las multitudes a su favor, y con muchos ciudadanos convencidos de que el problema de España no es crear riqueza, sino repartirla con arriesgada prodigalidad y empalagosa poesía. Por eso el PP necesita rearmarse con ética y estética, con ilusión colectiva y responsabilidad personal, con ideas que identifiquen su proyecto y hagan comprensibles sus decisiones. Y eso no se hace sin tiempo y sin esfuerzo, que son las dos causas de su gran incertidumbre.