Orgullosos del tractor


Proponen declarar las verbenas gallegas bien de interés cultural en el departamento concreto de patrimonio inmaterial en el que compiten algunas de las cositas más valiosas que como seres humanos somos capaces de hacer cuando nos ponemos en modo on. Para las urbanitas patológicas, las verbenas conservan las hechuras difusas de la aldea, un territorio de proporciones míticas para los desgraciados que encaramos los fines de semana de la niñez chapoteando en el asfalto y sin acceso a ese universo del que la gente regresaba llena de grelos. Se suponía que allá donde la carretera dejaba de ser Nacional pasaban cosas. Cosas imprevisibles para quienes los descubrimientos infantiles tenían el tacto metálico y amenazante de las primeras escaleras mecánicas que se instalaban en la ciudad o el olor sombrío de las primeras galerías comerciales, francamente miserables aunque entonces nos parecieran misteriosas como el Orinoco.

A la luz intermitente de los semáforos imaginábamos que aquellos sábados los amigos que desaparecían se los pasaban en lugares en los que el tiempo transcurría al ritmo apacible de una estación de Vivaldi, con las curuxas canturreándole a la Luna y la lluvia deslizándose mansamente por los prados. Merda. Hoy sabemos que esa percepción novelística de la aldea no era más que desconocimiento y prejuicio y que la gran fractura nacional galega no la dirime el océano o el Miño sino lo urbano y lo rural, dos mundos que en Galicia se sospechan, se temen y, I’m sorry, se ignoran.

Hoy, desde la capital, matizada al fin la diglosia social que jorobó a este país durante varias glaciaciones, se entiende el territorio de las berzas como un paraíso que visitar, una arcadia feliz a la que acudir a hacer andainas, un decorado en verde cuyos problemas desconocemos y sobre el que seguimos arrojando condescendencia a esgalla.

Con el nuevorriquismo y la aplicación con fórceps de esos extraños desarrollos urbanísticos llamados adosados, algunos ciudadaners han avanzado unos metros hacia las carqueixas, habitando un territorio fronterizo entre el asfalto y la corredoira en el que también suceden cosas, aunque distintas. A esta gente, algún tipo de instinto le tira al monte pero el recuerdo del chapapote se les ha quedado prendido al ADN y de ahí que tengan jardines de hormigón pintado en verde.

En realidad lo más nuevo está sucediendo con la nueva generación de rurales, bien instruidos en buenas escuelas y universidades públicas, viajados y orgullosos del tractor, emprendedores y artistas, gente moderna que por primera vez no mide su progreso en millas urbanas y que cree que en las ciudades deberíamos elevar la mirada y entender que fuera de la AP-9 pasan cosas, aunque finalmente nosotros nos lo perdemos. Porque ahí, en las aldeas, con esas verbenas que se quiere proteger, también están pasando cosas. Y algunas son grandes cosas.

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