El gol de Bernarda Alba


Hoy, inevitablemente, voy a hablar de fútbol. Imagínense ustedes que en el campeonato del mundo de petanca un equipo marre la bola metálica y quede eliminado. Y que por ello su país salga a la calle llorando y rabiando y explicando su humillación, perdida para siempre la honra nacional. Eso está pasando, parece, con Argentina. Los argentinos creen firmemente que son los goles y no la calidad de su seguridad social o de su formación académica, de su investigación, de su justicia social, la medida de su grandeza. Y a mí, lo siento, me abochornan esos tipos grandilocuentes que en sus televisiones aparecen insultando a las madres de los futbolistas y pidiendo su linchamiento. Estamos viendo en Rusia grandes épicas bíblicas, y que no hay enemigo pequeño, como por ejemplo Irán, pero de repente se levanta una cortina inesperada y atisbamos por debajo que en ese país asiático las mujeres no pueden ir a los estadios, y que la televisión interrumpe la emisión de los partidos para que sus espectadoras no puedan ver a otras compatriotas que en el campo, allá en la lejana Rusia, se ríen y animan y bailan o se lamentan, con la melena al viento y el botón desabrochado, mientras ellas viven en la casa cerrada de Bernarda Alba.

Me temo que estos días que se ha venido hablando tanto de la violencia de los seguidores, alguien en la FIFA se ha olvidado de este tremendo tipo de violencia religiosa fanática, estúpida y gratuita. Porque si no, Irán jamás podría participar en estos frívolos juegos.

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