Se abre la veda. Al PP le pasa como al Mundial de Rusia, que anda desnortado buscando favorito después de un arranque inesperado de la competición que descarta al gran aspirante. Es duro reaccionar cuando celebraban el gol de los presupuestos y se lo acabaron anulando por un claro fuera de juego. De la euforia al chasco en tiempo récord. Y con Pedro Sánchez de runner en la Moncloa amenazando con la remontada socialista. Brilla el filo de los cuchillos en Génova y los rivales huelen la sangre anticipada. El proyecto monolítico de Mariano Rajoy se ha convertido en arena y con ese material hay que construir. Los candidatos se enfrentan a una fórmula inédita en su partido. El aparato del PSOE sabe bien que a las bases las carga el diablo. Pablo Iglesias, que parece el inventor del juguete, las tiene mucho más controladas, ya sea para un roto del organigrama o para un descosido del chalé familiar. Los populares navegan ahora hacia terra incógnita. Soraya Sáenz de Santamaría, que a la Constitución se remite, su señoría. María Dolores de Cospedal, creadora de las indemnizaciones en diferido de Bárcenas (y lo que diga el juez en una sentencia es irrelevante). José Manuel García-Margallo, que se presenta a la contra, contra Soraya, concretamente. Pablo Casado, el hombre que se pulió media carrera de Derecho en tiempo récord, que se vende como el chico nuevo desde hace demasiado tiempo. Y los Jimmy Jump de este escenario, José Ramón García Hernández y José Luis Bayo, que no parecen marcar un camino alternativo al margen de la cosecha anunciada. Mientras ellos preparan la batalla, parece que se acerca el invierno del PP. Aunque, en política, nunca se habían acortado tanto los plazos de las alegrías y las depresiones.

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