Ganó la Marea Verde, nomás


«Al frío se lo combate con la suma de fueguitos. A la intemperie, con carpas. Al cansancio, con entusiasmo. Al silencio, con visibilización. Al aborto clandestino, con aborto legal, seguro y gratuito», cantaron durante la vigilia del 13 al 14, miles de acampadas en una convocatoria impresionante que reunió a mujeres de todas las generaciones llegadas desde todas las partes de Argentina, unidas en torno a banderas verdes en una Marea movilizadora que ya ha convocado una nueva huelga general el próximo 8 de marzo. Excepto Cuba, Guyana, Uruguay, Estados Unidos y Canadá, el resto de países americanos tienen legislación contraria al aborto. El Congreso argentino acaba de aprobar una reforma legal que tiene que pasar, todavía por el Senado, en medio de una tensión social que recuerda a la de España cuando el asunto de la interrupción voluntaria del embarazo ha sido motivo de debate por las sucesivas reformas legislativas. En el trasfondo de ambas sociedades late una cultura católica que transforma en debate moral lo que debiera ser, stricto sensu, una posición ideológica y jurídica si se tomase en serio la aconfesionalidad del Estado. Así lo ven organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, que denuncia que en todo el mundo 22 millones de abortos inseguros al año causan 47.000 muertas y 5.000 quedan con discapacidad. La OMS lo considera una cuestión vinculada a la salud pública y a los derechos humanos y afirma que «en los países donde el aborto inducido legal está restringido o no disponible, un aborto sin riesgos es privilegio de los ricos porque las mujeres de escasos recursos no tienen otra opción que acudir a proveedores inseguros que provocan la muerte». Estamos ante un grave atentado contra los derechos humanos y un problema de clara incidencia social y política: es violencia de género estructural consolidada y consentida desde las instituciones. Solo en Argentina, cada cinco minutos da a luz una madre adolescente y cada tres horas lo hace una menor de quince años; siete de cada diez embarazadas adolescentes son jóvenes pobres que viven en hogares pobres y cerca del 70 % tiene que dejar los estudios. No debieran hacer falta muchos argumentos más.

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