Del Aquarius al Stanbrook


Está ocupando ahora mismo la portada de este periódico y de la mayoría de los diarios de toda Europa. En el momento en el que escribo estas líneas, el Aquarius, un buque con bandera de Gibraltar, navega a diez nudos hacia las costas españolas con 629 refugiados a bordo, refugiados que han sido rescatados frente a las costas libias de una muerte segura en alta mar. Mientras leía la noticia -y las reacciones furibundas y dispares que esta generaba, a favor y en contra- pensaba en lo frágil de la condición humana, pero sobre todo en lo etéreo su memoria.

Hace apenas 70 años, en 1939, vivimos una situación muy parecida… pero en dirección opuesta. Entonces el barco no se llamaba Aquarius, sino Stanbrook y era un carbonero inglés amarrado en el puerto de Alicante, muy cerca del lugar hacia donde navega ahora el buque gibraltareño. La ciudad alicantina era un caos de refugiados que escapaban del infierno de la guerra y de un frente que estaba cada vez más cerca. El propietario del Stanbrook había dado órdenes expresas al capitán del barco, un tal Dickson, de que no acogiese ni a un solo refugiado a bordo. Dickson, tras contemplar el drama humano de la orilla, donde muchos de los que estaban hacinados en los muelles se enfrentaban a una muerte segura a manos del ejército victorioso, decidió comportarse como un ser humano en vez de como un mero empleado de la firma. En pocas horas, en flagrante violación de sus órdenes, embarcó a un montón de refugiados en su buque. A 2.638, concretamente. Si, ha leído bien. Casi tres mil personas.

Con la borda peligrosamente baja y escorado por el peso del excesivo pasaje, el Stanbrook salió del puerto de Alicante entre los cañonazos lejanos del crucero Canarias, que no quería que se le escapase la presa. Durante unos días, el viejo carbonero recorrió la costa norte de África -oh, deliciosa ironía- cargado de refugiados españoles que huían del hambre y la guerra, buscando un lugar donde desembarcarlos, pese a la resistencia de las autoridades correspondientes, que preferían mirar para otro lado. Seguro que les suena. Finalmente el Gobierno francés se apiadó y permitió que aquella gente, que era como usted y como yo, tomase tierra cerca de Orán para iniciar una nueva vida.

Han pasado 70 años y se han invertido las cartas. Ahora se huye de África hacia la opulenta Europa, que parece haber olvidado por completo que no hace mucho éramos nosotros los que nos apretujábamos en barcos escapando del hambre y la desolación.

Es cierto que esto es un parche frente al problema real, que no podemos acoger a todos los refugiados y que la solución tiene que venir de toda Europa a la vez, pero tampoco podemos mirar hacia otro lado. Como hizo el capitán Dickson hace setenta años, a veces hay que anteponer la humanidad a nuestros intereses. Porque de lo contrario, nos transformamos en algo muy feo y que no representa lo que es Europa. Lo que somos.

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