Aznar, una mala versión de El Cid


Seguro que la foto de Aznar que dio más que hablar es la de las Azores. Aquel momento oscuro en el devenir de España en el que el presidente, en contra del criterio general de los españoles, decidió embarcar al país en una guerra deleznable, que el tiempo ha colocado en el lugar adecuado de la historia: el cubo de la basura.

Pero hay otra fotografía que, aunque con menor relevancia política y social que la del dirigente pisoteando la mesa y aparentando que se reparte el mundo con los grandes próceres del universo, debería tener su especial lugar en la galería de los horrores de José María. Se trata de un posado que realizó en 1987 para un medio de comunicación en la que se vestía de El Cid y campaba con sus ropajes por un castillo de Valladolid. Entonces, José María (con 34 años) era el presidente de Castilla y León y figura emergente de la derecha española. Tanto que muy pronto, solo dos años después, pasó a ser el líder de una feroz oposición a Felipe González y más adelante presidente de España.

Quizá por esa querencia hacia un personaje histórico-literario como Rodrigo Díaz de Vivar y viendo que el PP se descompone ha decidido salir del ataúd en el que hacía mutis por el foro de la corrupción para ganar la batalla del futuro del centroderecha español. «La reconstrucción de un centroderecha nacional es indispensable. Si se estuviese dispuesto a ello, desde mi posición actual contribuiría con mucho gusto para que los españoles puedan tener esa mayor garantía de estabilidad y de seguridad en el futuro», espetó el pasado martes. Resulta conmovedor imaginarse a Aznar atado a su Babieca espantando a los enemigos de la derecha y reclutando a su paso a una corte de caballeros dispuestos a combatir hasta el final por España y por él. Cabalgando firme como un junco, como quien siempre fue, es y será fiel a unos principios.

Pero los principios de Aznar no debieron diferir mucho de los de El Cid. Díaz de Vivar lo mismo guerreó para Alfonso VI, que fue desterrado por él, que volvió a aliarse, que volvió a estar en contra. A El Cid, literatura a un lado, le movieron más sus intereses que las lealtades o convicciones. Como a Aznar, que en su día habló catalán en la intimidad e intercambió flores y abrazos con Arzalluz, que como todo el mundo sabe siempre se caracterizó por su amor a España.

Ahora, desde su tumba política, Aznar da clases de ética, se hace el rubio con la corrupción y pretende liderar la refundación del PP cual versión cutre de El Cid Campeador. Él, que tuvo un Gobierno del que prácticamente no queda nadie que de una u otra forma no haya sido manchado por la sombra de la sospecha.

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