La cola de la gloria


A rkadi Babchenko es un periodista ruso que esta misma semana simuló su muerte para escapar de una conjura de asesinos. Un día después de ser conducido a la morgue bañado en sangre de cerdo para disimular, reapareció por sorpresa ante los periodistas para gritar a los cuatro vientos: «Aún sigo vivo». 

Algo parecido debió pensar ayer Pedro Sánchez mientras saludaba uno a uno a los 85 diputados socialistas -84, más el de Nueva Canarias- que se convertirán en su guardia pretoriana en los próximos meses tras conseguir entrar por fin en La Moncloa.

El camino no ha sido fácil para él. Conoce las tripas de la política madrileña desde las cañerías de la fontanería del PSOE. Ejerció como concejal y como diputado raso. Y sufrió su particular bajada a los infiernos tras ser apartado del poder por sus antiguos compañeros antes de poder gritar, como Babchenko, «aún estoy vivo» al lograr una inapelable victoria en las urnas.

Por eso, su cara mostraba una inacabable sonrisa mientras abraza uno tras otro a sus leales -Adriana Lastra, José Luis Ábalos, Rocío de Frutos, Odón Elorza...- y a los que no lo eran tanto.

Agradeció la generosa felicitación de Rajoy y saludó con displicencia a Rivera. Y solo abandonó la escalera de acceso a su asiento y a la gloria de La Moncloa para estrechar entre sus brazos a Pablo Iglesias.

Les toca a todos ellos demostrar que sus diatribas contra el PP estaban en lo cierto, que otra política es posible y que Pedro y su equipo serán capaces de estirar el chicle de los ingresos para cubrir el maná del gasto social y las peticiones de todas las comunidades. Lo bueno de la moción es que el cambio de papeles se hace en 24 horas: los que antes criticaban ahora tendrán que gobernar y los que antes ejercían el poder conocerán la hiel de la oposición. ¿Predicar o dar trigo?

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