Cotzee en el parque del Retiro


Desde que el pasado domingo el escritor sudafricano J. M. Cotzee me firmara un libro en la feria de Madrid, en el parque del Retiro, ando yo a vueltas con su país, que no sé por qué lleva tiempo buscándome las vueltas. 

Yo a Cotzee lo admiro mucho desde que leí Desgracia, y tiene su mérito porque es el único escritor que me gusta sin pizca de sentido del humor, que yo siempre había considerado una cualidad indispensable para la literatura, desde la Odisea hasta hoy pasando por Shakespeare y Cervantes. Jesús Egido me descubrió a James McClure, un magnífico escritor de novelas policíacas que se desarrollan durante el Apartheid, y que tienen como protagonistas al teniente blanco Tromp Kramer y al sargento negro Mickey Zondi, el boer y el zulú.

Por Sudáfrica pasaron los exploradores del diecinueve, desde Livinsgtone, que empezó en la misión de Kurumán su largo periplo africano, cataratas Victoria mediante, hasta el portugués Serpa Pinto, que en Angola se topó con Stanley y en El Cabo con Selous, el gran cazador blanco. El corazón de Livingstone está enterrado en Zambia, y Selous, enteramente, en Tanzania. En Sudáfrica, en Natal, vivió Pessoa, y allí se vivieron las más crudas luchas de intereses a causa de las minas de diamantes.

Cotzee mantiene en su obra un desarraigo extraño. Su Elizabeth Costello, es demasiado inteligente, escéptica y mayor. En su novela Foe, nos cuenta el frío que pasa Viernes en Londres cuando regresa con Robinson, cosas así, que, a juicio de los vikingos, han merecido un premio.

El Nobel.

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